Yo, ciudadano
¿El fin de una época?
Gustavo Martínez Castellanos
La noticia de que el senador Ángel Aguirre Rivero posiblemente encabece una coalición de partidos políticos y diversas tendencias ideológicas –algunas de ellas antaño irreconciliables o fuertemente encontradas- encierra una serie ingente de significaciones.
El cansancio
Las primeras tienen que ver con el cansancio de los actores políticos y de sus partidos ante una realidad inamovible, monolítica y pesada por gigantesca. El dinamismo político de toda sociedad se ha estancado en Guerrero como producto de una interminable cadena de pésimas tomas de decisiones y de un sartal de mentiras magníficas. Los políticos de los niveles medio y bajo, que representan el auténtico puente entre el poder y las ideologías y el pueblo, han sido neutralizados por el apabullante empuje de los medios a través de los cuales los políticos de los niveles superiores, detentadores de cargos públicos que manejan fuertes sumas de dinero, controlan a la masa. Ciudades, poblados y comunidades obstaculizadas en su desarrollo porque los beneficios les llegan a cuenta gotas, suministrados bajo la observación de modelos matemáticos elaborados en el tercer cuarto del siglo anterior y que postulaban con qué porcentaje de un dólar al día podía vivir un ser humano para continuar activo en el ejército laboral de reserva y mantener el sistema operante. El discurso que privó en la primera década del siglo veintiuno con referencia al alcance de mejores estadios de vida y justicia social se ha anquilosado.
Esos políticos, esos pueblos, esas ciudades, acusan un tremendo cansancio después del ejercicio de opereta que la supuesta izquierda mexicana realizó tanto en gubernaturas como en alcaldías y del que se extrae, principalmente, la inconformidad trasladada de las masas depauperadas a la clase política dominante. En el estado de Guerrero hoy, no hay partido con certeza ni dirección con referencia a un proyecto de gobierno. Los actores políticos se mueven a río revuelto –de ahí el ascenso vertiginoso de algunos de ellos- y en la rebatinga, en la que los medios han sacado la mejor parte, cada quien reserva para sí –ni para un partido, ni una ideología- lo que consiga atrapar. Quien haya abierto las compuertas de semejante caos, ha sabido leer con lentitud y prudencia profundos postulados del neoliberalismo: aún en los países pobres y en los pueblos rezagados siempre hay algo que se pueda arrebatar. Siempre. Sólo hay que saber exponerlo a los predadores.
La Historia
El actual modelo político Guerrerense debió haber llegado a su fin con el arribo de la alternancia. Sin embargo, como ya está por demás documentado, los gobiernos, tanto estatal como municipales, y las representatividades en las cámaras, continuaron con él. Su clientelismo económico, su piramidalización admistrativa, su verticalismo ejecutivo y la visión de que el Estado es una oportunidad para ampliar y fundamentar los espacios de poder político y económico familiares que conformen clanes que reproduzcan el esquema, quedaron intactos y continúan vigentes. Su discurso y su visión ideológica no variaron. Su filosofía continúa siendo feudal y se retroalimenta a través de los medios de comunicación insertos en el sistema que, por desgracia, son absolutamente todos, los que no están dentro no son. El detonante de ese fin fue la matanza de Aguas Blancas. En principio, moralmente, por el asesinato de ciudadanos a manos del Estado pero, políticamente porque la línea de orden de mando estaba inevitablemente desgastada en diversos tramos. A la distancia, y aún sin el video revelador, el análisis del comportamiento de los diferentes actores en esta tragedia con tintes shakespereanos, denota traición al rey por todas partes e -ironía histórica- los leales fueron sacrificados en aras de pagar otras facturas políticas. Hubo autoenroque histórico: si el gobernador hubiera señalado a los culpables en lugar de encubrirlos y hubiera ejercido justicia, hubiera evitado la picota; pero se hubiera negado a sí mismo. Hubiera negado la fuente del poder: su persona y lo que representa. Por ello prefirió continuar siendo la pieza clave del sistema que lo alimentaba y sustentaba. Y con eso salvó al sistema. A la larga: pues no hubo alternancia. En el nivel humano del juego del poder, Figueroa demostró lo que ahora detenta: que si el poder muere, muere con él; y viceversa. Y ahí está el resultado: comandando a su grupo se impuso a la dirigencia nacional de su partido y cobró su parte histórica: la detentación del poder. En el estado de Guerrero L'État, c'est moi.
La biografía
El economista Ángel Aguirre Rivero catapultó su carrera política en el sexenio del profesor y licenciado Alejandro Cervantes Delgado, si no el mejor, sí uno de los más concientes y benevolentes mandatarios que ha tenido Guerrero. Con él fue el Secretario General de Gobierno más joven de nuestra historia. Con Ruiz Massieu fue Secretario de Desarrollo Económico; de 1990 a 1994 fue Diputado Federal y en 1993 fue nombrado presidente estatal del PRI, puesto desde el que empezó a perfilar su candidatura a gobernador para las elecciones de 1999 cuando Figueroa Alcocer terminara su mandato. Sin embargo, sucedió la matanza de Aguas Blancas y lo que apuntaba a ser una transición en buen ejercicio de usos y costumbres devino en debacle. El PRD local había crecido fuertemente empujado desde el centro del país por algunos medios de comunicación y por la popularidad de Cuauhtémoc Cárdenas; a nivel internacional, por los triunfos de las izquierdas europeas, la eterna resistencia del pueblo cubano y de las guerrillas centroamericanas que se reforzaron en el socialismo clásico a la caída del muro de Berlín. A la matanza de Aguas Blancas, el PRD tomó como propia la indignación de los deudos de los campesinos asesinados y pugnó, apoyado siempre por el pueblo, por la caída del gobernador y del sistema que él representaba. Como Presidente Estatal del PRI, Aguirre Rivero organizó mítines de apoyo a Figueroa Alcocer en los que reunió a más de cien mil personas en diferentes puntos del estado; porque, además, al evitar la caída del gobernador le daba continuidad a su proyecto político personal. Sin embargo, mientras él trabajaba por mantener al gobierno, y Figueroa porque desde los Pinos lo respaldaran, la decisión de su salida y de un interinato ya había sido tomada. Aguirre fue llamado a Bucareli y ahí se le dio la orden: sustituirás a Figueroa. La noticia lo consternó hasta las lágrimas: no era para eso para lo que había trabajado tanto, pero al fin priísta, se disciplinó y obedeció a su partido. En tres años -la mitad del mandato que él había buscado-, pacificó al estado armando puentes de entendimiento y alentando el pluralismo no sólo político sino ideológico y respetando la libertad de prensa. Fue un gran conciliador porque, ante todo, escuchaba a todos los actores políticos en reuniones maratónicas que sólo fueron suspendidas por el desastre metereológico llamado Paulina. Ante esa y otras contingencias Aguirre demostró que por su estado estaba dispuesto a darlo todo: trasladó su oficina de gobierno al Centro de Convenciones y desde ahí comandó la reconstrucción de las ciudades de la costa guerrerense. Su esfuerzo redundó en la contención del avance perredista como fuerza electoral y en el triunfo de su partido, el PRI, de nueva cuenta. En tres años había vivido y resuelto con una intensidad fuera de parámetro retos políticos, administrativos, económicos e ideológicos ante los que otros políticos hubieran tirado la toalla o usado la fuerza bruta. Es imposible no reconocer que la caída de Figueroa trajo a Guerrero la oportunidad de un gobierno como el de guirre Rivero, porque además, equilibró el mapa político local. El producto de esa apertura y de los errores renejuaristas que echaron por tierra todo el trabajo realizado por Aguirre, fue la alternancia que empujó el perredismo. Quien pretenda negar eso, no vivió en Guerrero en esos álgidos días.
La cosecha
Sin embargo, era imposible que no cometiera errores; y dos de ellos le cobraron las facturas políticas hace unos días: haber limitado el poder al figueroísmo y haber creído que su partido iba a agradecer el esfuerzo titánico que realizó en aquellos tres años en los que Aguirre Rivero tuvo que vivir fuera del tiempo normal. Con referencia a su partido, tal vez Aguirre no pensaba en términos de gratitud sino de rentabilidad: había demostrado con creces su poder de convocatoria y su visión de estadista ante los grandes desastres; había pues, conservado el poder para el PRI; ahora rescatarlo a la salida de Zeferino era la tarea para la que estaba preparado, sobre todo ante los tremendos errores políticos, económicos y administrativos de Manuel Añorve, cuyo triunfo desde el principio fue impugnado por Convergencia. Pero se equivocó: su partido cedió al empuje minoritario pero insistente de la más representativa expresión de la intolerancia política en Guerrero.
La propuesta
Ahora, contra esa expresión, contra los errores del Zeferinismo, contra los del perredismo y la tendencia maula de una clase política engordada con los saldos de la promesa de la alternancia, parece ser que Aguirre Rivero ha decidido romper con su propia biografía y separarse del instituto político en el que se hizo y creció políticamente, al que sirvió sin reticencias, con capacidad y entrega y en cuya dirigencia depositó un voto de confianza cifrado en los resultados y en la madurez política obligada a observar que Guerrero no soportaría más un gobierno sordo a sus depauperados y a sus representante. De darse esa ruptura y de abanderar una expresión multifácetica y tan diversificada, Aguirre Rivero podría encauzar nuevamente los potenciales y capacidades tanto del pueblo como de los recursos naturales de este estado. Podría alentar la consolidación de un nuevo proyecto político y económico que atienda y ataque sus problemas fundamentales, podría establecer las bases de una nueva política jurídica que proporcione justicia a todas las expresiones humanas de la entidad y, podría, en un afán unificador y legítimo, elaborar con mayor profundidad el diálogo entre los guerrerenses en su auténtico y único ser cultural. Antaño, enfrentado a las fuerzas de la adversidad y a las de la naturaleza, Aguirre hoy podría comprobar que tiene el peso moral, la fortaleza espiritual y el señorío para enfrentar una fuerza superior a aquellas: la de la historia. Nuestra desafortunada historia.
El significado
Aguirre tiene esa posibilidad enfrente; su partido y nuestra historia se la han otorgado. Tal vez los partidos políticos y sus actores también se la otorguen ¿Querrá él materializarla? ¿Querrá Aguirre ser el elemento aglutinador de todas esas –y muchas otras expresiones- que por fin se decidan a dar fin a una etapa negra de nuestra historia?, ¿a un periodo oscuro de nuestro ser estatal?, ¿a una forma político ideológica antiquísima y lacerante? Vista así, la decisión de Aguirre tendría visos de legendaria. Mesiánica. Y tal vez lo sea, pero ¿no es para una tarea de esa envergadura que empezó a prepararse desde que accedió a seguir los pasos del maestro Cervantes Delgado cuando él aún era un joven estudiante de Economía en la UNAM y un humilde maestro de historia en una secundaria del Distrito Federal? Si no es ahora, ¿cuándo? ¿Cuándo?
Él tiene la respuesta.
Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com