Yo, ciudadano
La tradición y la ruptura
Gustavo Martínez Castellanos
Espíritu de los mares
Coleman .Bronce
Utilizo el nombre de uno de los hallazgos de Octavio Paz para denominar la tradición que perdura en el quehacer mexicano, desde un ángulo del que tangencialmente parte el Premio Nobel para plantear su visión: la del eterno retorno. Esa tradición da cuenta, a grandes rasgos, de los comportamientos nacionales. Uno de ellos, ineludible en estos días, es el de la seguridad nacional. Construida mayoritariamente de papel, esta área de nuestra vida puede signarse por el entorno que rodea a la desaparición del ciudadano Diego Fernández de Cevallos: no solamente nadie sabe qué ha pasado con él sino que nadie sabe nada. Ni qué hace la policía ni que podría hacerse. Si Fernández de Cevallos fuera extranjero sus garantías serían defendidas por su consulado –y por la Secretaría de Relaciones Exteriores de México- pero tuvo la mala fortuna de ser mexicano. Y la peor, de haber sido secuestrado en México –si lo hubiera sido en el extranjero tal vez la policía del aquel país hiciera algo, y su prensa daría cuenta de ello cuando menos para criticar el desempeño de sus propias policías-. Porque además, en México basta con que un funcionario de alto nivel dé una orden a los medios para no reportar absolutamente nada sobre el tema y el tema desaparecerá de vista como por acto de encantamiento. Tal vez el “Jefazo” se lo haya ganado, no era muy popular antes de su plagio -ni ahora- pero el hecho de que la policía –ni nadie- haga nada por defender sus derechos y encima de ello, la prensa guarde un silencio sepulcral, es para que a cualquiera se le pongan los pelos de punta. Y así ocurre: en México, suceden plagios y delitos a granel y las policías no hacen nada ni la prensa da cuenta de ello: en Macondo, no pasa nada, como en esa etapa nacional tan nuestra que fue el “porfiriato”. Salvo la “buena prensa” que defiende los intereses lastimados de su grupo, como en ese otro periodo tan caro a nuestros recuerdos: el juarista. Esa postura de la prensa ante el caso Fernández de Ceballos da cuenta de una característica más: en México la prensa no es independiente (bueno, de eso dan cuenta muchísimas cosas más), y esa aceptación da cuenta de que el problema de la inseguridad, entonces, no tiene en el gobierno a su único responsable. Ni en la prensa, por desgracia.
De ahí podemos deducir que si un caso como el del plagio de Fernández de Ceballos alcanza esos límites de complicidad, entonces el del narcotráfico, en el que se juegan tantos factores de peso, como la enorme cantidad de dinero que corre, y la vulnerabilidad de los actores, el grado de incomprensión es mayor. Ni las policías harán nada por evitar la filtración en sus filas ni la prensa hará nada por dar cuenta de ello. Círculo redondo: tradición completa. La ruptura viene a cuento por otra vía: el retorno del PRI. Las elecciones pasadas sacaron a la luz muchísimas de las fallas del sistema electoral mexicano (no todas, porque hay gente trabajando con muchísimos recursos a la mano –y mucho entusiasmo- para ocultarlas). Sin embargo, cuando la lógica común podría establecer que con un mínimo de ellas las elecciones deberían ser anuladas no fue así, y el PRI asumirá dentro de pronto nueve gubernaturas más –y expriístas, otras dos- y todo continuará como si nada. Se rompe con un esquema democrático y se adopta otro; uno en el que quizá la democracia en México –y toda la estructura que la sostiene como discurso político- sirva para perpetuar al PRI en el poder. He ahí el Eterno Retorno.
Paz, en su análisis de las vanguardias estableció que esa tradición –que a fin de cuentas es una negación de cualquier ruptura- era una marca indisoluble del avance (al menos estéticamente hablando) de la cultura de occidente. Hoy vemos que, en México, toda tradición, incluyendo a la de la ruptura, es un retroceso. Y no sólo por la presencia de los priístas –y del PRI- en nuestra vida nacional; sino por la complacencia y la contundencia con que los demás actores han servido a esta idea de rechazar lo anterior para volver a lo viejo. Ante ello, y acorde con un discurso demagógico a más no poder, las respectivas dirigencias del PAN y del PRD, proclaman alianzas para evitar que el PRI regrese a los Pinos, cuando en realidad desean que el PRI se perpetúe en el poder pero con los principales personajes de esos institutos políticos dentro del poder: he ahí la ruptura. Y la tradición.
En Acapulco lo vimos aún desde antes de que el PRI regresara a ocupar nuevamente la alcaldía. Lo vimos con el PRD y el último alcalde que nos endilgó: hizo circo maroma y teatro para alcanzar el fin de su trienio y la prensa maiceada –su buena prensa- le cubrió las espaldas (de hecho, le cubrió muchísimo más que eso) y en ese ejercicio leguleyo traicionó a su electorado –la tradición- y el electorado los abandonó: la ruptura. Hoy, culpan al gobernador de haber traicionado al partido al que nunca perteneció –la tradición- y se lamentan –entre ellos- de la enorme posibilidad de que el PRD pierda la gubernatura –la ruptura. El PRI asumió el poder –la ruptura- con Añorve, el alcalde que se los entregó hace nueve años –la tradición-, y que ahora quiere ser gobernador –la tradición- pero sólo si un exgobernador (Angel Aguirre) –más tradición- se lo permite –la ruptura.
Los problemas que los priístas guerrerenses enfrentan para no hacerse pedazos y no perder la gubernatura son tema para otro tipo de análisis (sobre todo, psicológico). Lo que viene a cuento es que en el rubro en el que toda una generación opera para que la tradición de la ruptura no se detenga Paz no se equivocó.
Al menos en el ámbito del ejercicio estético, creacional y de propuesta, la generación que surgió con el ascenso del PRD, en Acapulco, empujó -con un ahínco sin precedentes- el vehículo de la ruptura al más próximo desfiladero y lo despeñó con un éxito desmedido del que sólo obtuvieron la tradición. Hoy, casi todos aquellos esforzados artistas que vivieron –y que continúan viviendo- de becas y premios, han olvidado –si es que alguna vez la tuvieron- su perspectiva ideológica de izquierda y andan (oh, la tradición) buscando chamba y prebendas entre las filas priístas a través de artículos y otros tipo de textos que ensalzan las virtudes de los candidatos del tricolor y denostando a sus antiguos patrones (oh, la ruptura!): Salgado Macedonio y Zeferino Torreblanca.
Producto de ese ejercicio del más puro eterno retorno, tenemos a la ciudad de Acapulco sin su famoso centro de las artes –la ruptura- (cuyo costo, sin embargo fue cobrado peso sobre peso, -la tradición) y algunos festivales de más (la ruptura) a los que sólo son invitados (y acuden) los mismo de siempre (la tradición), y nada más. Sí, Acapulco continúa sin escuelas de arte; sin centros de investigación estética; sin espacio de representación profesional del quehacer creativo –la tradición-; pero con un enjambre de “artistas” sedientos de más prebendas, becas y premios que están dispuestos a vender por cualquier beca o prebenda, sus buenos oficios a los nuevos gobernantes –que son los mismos- priístas (la ruptura). Así, el eterno retorno que Paz intentó mediatizar por su tradición de rompimientos demuestra que tenía toda la razón: no hay retorno sin tradición ni tradición sin ruptura: se tiene que romper con el pasado para volver. Y sí, ya lo vimos en estas elecciones y con el caso Diego: el PRI está de regreso.
Nos leemos en la crónica: gustavomcastellanos@gamil.com