Yo, ciudadano
El Encuentro de Escritores II
Gustavo Martínez Castellanos
Nuestra ciudad conforma un conglomerado humano dinámico, multifacético y diversificado. Único en la manifestación de su principal fuente de contraste: la miseria y la opulencia extremas en convivencia. A pesar de no ser una de las grandes ciudades del mundo, Acapulco alberga un buen número de representantes de todas las razas humanas y de sus expresiones culturales a la par de las expresiones culturales nacionales y locales. En ese sentido se asemeja a Nueva York. Sobre su multiplicidad campea su diversificación; la mayor parte de esas expresiones no es del todo pura; como fenómeno social mixtifica internamente la actividad de ciertas áreas que van siempre en busca del modelo ideal: el “rural” tiende a lo citadino, el citadino a lo extranjero y el extranjero intenta adaptarse a nuestro clima, nuestra idiosincrasia y todas nuestras expresiones, incluidas la político administrativa que casi siempre le resultan ilógicas. Otra adaptación se da en el consumo de nuestros bienes culturales intangibles: el habla, los ritos sociales, la estética y, en otra dimensión, la cultura nativa. La viva, la única. La primigenia.
Al fin puerto, Acapulco tiene una relación simbiótica con el mar –más que con la playa, ésa frontera. Para el acapulqueño toda su existencia, ya sea por buenos o malos recuerdos, está regida por esa relación única con el mar. Ya erótica, poética, turística económica o intelectual; como se da –aunque de forma ínfima, porque no presenta resultados- en algunas escuelas locales de investigación oceánica. Esa relación pasa por una tradición náutica que desafortunadamente las políticas administrativas y culturales han empobrecido a más no poder para darle toda su relevancia al turismo. Así, no tenemos ni astilleros ni muelles para usos pesqueros, ni de transporte local; todos los que hay son para usos turísticos o para carga de altura. Sin embargo –y a pesar de los embates de tantos gobiernos- persiste una tradición pesquera en pequeña escala que continúa alimentando, económica y culturalmente a un sector de nuestra ciudad. Con mucho el más auténtico.
Esta relación se extrapola en la vida y avatares de nuestros pescadores (debería serlo “en la de nuestros marinos”, pero también nos ha sido cancelada esa oportunidad). El del pescador es un venero de creatividad que no ha sido explorado ni explotado por nuestros creadores. Y -como afluente de una identidad-, tampoco por nuestros investigadores en el nivel de divergencia en la expresión política, económica y cultural que encierra en su relación con todo el conglomerado local y extranjero.
En ese mismo orden, tampoco ha habido preocupación alguna por la manifestación de una estética de nuestras razas. Cuando era niño algunos de mis amigos de juegos se decían orgullosamente guatusos o guachichilas. Con el paso de los años me enteré que ambas eran razas guerreras: los Watusi y los Huachichila, una etnia chichimeca. ¿Cómo lo sabían a tan temprana edad? Sólo era posible a través de su herencia familiar. La visión oficial nos ha reducido a blancos, indios, (y en Acapulco) negros y asiáticos, pero, no sabemos nada de las demás expresiones ni cómo inciden en nuestra cosmovisión. De la misma manera, ha sido pasado por alto el estudio de nuestra herbolaria y de nuestro chamanismo y santería que aún ocultos, siguen latentes, vivos. Renuentes a morir. En nuestros barrios no es extraño ver inclusive a extranjeros asistir a limpias, curas y “trabajos” realizados por ancianas inmemoriales o brujos de difícil clasificación. Con ese mismo rasero, han sido abordadas nuestra historia local y nuestra habla, curiosamente, siempre asumida a regionalismos calentanos o de las costas, cuando en Acapulco el referente más fuerte es el inglés. Así lo demuestran también los indígenas que venden en la playa y que se comunican entre ellos en su lengua y con el turismo en inglés, pero hablan muy poco –o muy mal- el castellano. Aunque a muchos les pese sostengo aún que Acapulco también es una frontera.
Nuestras caótica urbanística y flaca gastronomía; nuestra ausencia de traje, baile y música propias son también expresión de lo que somos, nuestras expresiones urbana y rural y la visión extranjera y su postura ante lo que somos; todo, dentro de un mecanismo de interacciones que nunca cesa porque esta ciudad se mantiene activa las veinticuatro horas; en Acapulco siempre se está cerrando un trato, está desencadenándose una tragedia o nos acecha un meteoro. Lo sabemos y lo asumimos como otra de nuestras expresiones: la naturaleza, nuestro anfiteatro, nuestros cuerpos de agua. Nuestra teluricidad. Nosotros.
La ingente y profunda ramificación de expresiones que nos conforman en esa diversidad requiere del análisis de toda una sociedad conciente de sí misma y deseosa de conocerse. A esa condición humana, nuestros gobiernos le han puesto (a Acapulco, más que a otras latitudes) muchos cotos. Su costo ha sido grande: no poseemos parámetros para asumirnos. Ni nos han permitido elaborarlos. Llenamos esos vacíos con las manifestaciones más potentes de nuestro entorno y en él no figuran los eventos de Citlali y Jeremías imposibilitados para ejercer influencia ante el poder de lo que somos: naturaleza, vital alegría e inherente tragedia. Búsqueda. La cultura “de occidente” aún no es del todo nuestra: no tuvimos barroco ni otras etapas. No tenemos escuelas de arte ni referentes para estudiar el arte universal. Acapulco se rearmaba a sí mismo hace diez años y buscaba ese su camino. Pero cada “culturizador de fuera” que ha llegado nos ha cancelado esa búsqueda.
Por ello, Ramírez Bravo no sabe qué hacer con el Tercer Encuentro de Escritores y Citlali sigue creyendo que sus cuates escritores nos representan y que sus eventos nos son culturales y nos asumen. Resulta curiosa su praxis, porque ambos vienen de pueblos. Tal vez en su afán por salir de ellos, desprecien todo su valor y riqueza inherente y deseen “culturizar” a toda costa a otros para hacerse creíbles a sí mismos. El asunto es que algo raro les ocurre, por ello no entienden a Acapulco y se quejan de que los ‘nativos’ no les compremos sus cuentas de vidrio ni sus espejitos culturales. Pobres.
El día en que inició el Tercer Encuentro de Escritores del Pacífico los diarios locales informaron sobre el inicio del ciclo escolar y el panorama de la educación de nivel básico: escuelas locales en ruinas, sin baños, sin pupitres, sin maestros. Alta deserción por desempleo, desnutrición, falta de útiles escolares, uniformes, zapatos, desayunos. Un desastre. Ese mismo día, los funcionarios priístas, Ramiro Solorio (regidor) y Oscar Rangel, Secretario de Desarrollo Social, entregaron a los escritores invitados las llaves de sus habitaciones, sus vales de comidas en restaurantes, sus tickets para cervezas y tequila y la oportunidad de vivir cinco días de disipación a costa del erario. La Jornada documentó -gracias a una filtración de una red social- que nuestro gobierno otra vez pagó de nuestros impuestos borracheras a poetas y narradores foráneos. Mientras, nuestros pequeños “nativos” tienen cancelado su derecho a educación. Así hace “cultura” el PRI en Acapulco.
Los textos de Citlali y Ramírez Bravo son parte de ese sistema inhumano. En ellos vierten que no pueden advertir que son el origen que propicia lo que critican: son la herramienta de su fracaso. Malos burócratas o pésimos políticos, pero nunca escritores que analicen y propongan mejoras a su sociedad, no buscan el bien común sino el bien personal. En ese sentido ya puede decírseles qué hacer con sus Encuentros: desaparézcanlos, no sirven más que para desviar recursos, al igual que la fiesta de la Nao. O dejen de medrar en CONACULTA en nombre de la ciudad y de los “nativos” cuya cultura han intentado aplastar.
Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com