Yo, ciudadano

El Encuentro de Escritores

Gustavo Martínez Castellanos

A petición de algunos amigos y lectores opino sobre lo que al respecto del Tercer Encuentro de Escritores han dicho Citlali y Roberto Ramírez en La Jornada los días 15, 17 y 18 de septiembre.
En el primero de dos textos, Ramírez Bravo informa que el Encuentro de Escritores del Pacifico “es un fenómeno que ha crecido geográficamente, al llegar hasta Centroamérica; y (cuantitativamente) al pasar de una treintena de asistentes a 63 (de los que sólo 23 son locales). Dice que su presupuesto aumentó “de 280 mil pesos el año pasado a 540 mil en éste. Traer a cada escritor de fuera –abunda- le costó al municipio 13 mil 500 pesos promedio y que en cada actividad hubo entre 20 y 30 asistentes” pero “la ciudad no se ve beneficiada”. En su segundo texto propone que “el encuentro debe mejorarse”; que “debe involucrar a más escritores, como a Gustavo Martínez y a su grupo -afirma- con quien se podrá disentir pero no se puede negar que escribe” y aclara que “el Encuentro no es producto del esfuerzo de unos esposos” porque “lo pagamos con nuestros impuestos”.
En su texto aparecido el día 18, Citlali Guerrero contradice a Ramírez Bravo, insiste en que ella y su grupo iniciaron la hégira cultural de Acapulco y que los acapulqueños (ya no nos llamó “nativos”) somos displicentes (sic) a la literatura y a la cultura porque no vamos a sus eventos “para no hacerle el caldo gordo a los organizadores” y que “seguiremos rumiando, atacando los proyectos ajenos, escandalizándonos por tener presupuestos decorosos para eventos culturales, e impidiendo que gente de otros lados nos visite para intercambiar experiencias de arte”.
Es indudable que a ambos les asiste en una parte la razón; pero es inevitable observar que se equivocan en el motivo de sus afirmaciones. Si los encuentros de Escritores Jóvenes y Escritores del Pacífico no aportan nada a la ciudad, si nos cuestan más de 540  mil pesos, si por cinco días de actividades sólo asistieron en promedio 120 personas y si los escritores invitados encuentran salones vacíos y públicos apáticos o desinformados es porque el problema va más allá de una supuesta “displicencia”, de una falta de promoción o de segregación entre los escritores locales. El verdadero problema es que a nosotros, los acapulqueños (o nativos), no nos interesan esos ni ningún otro tipo de evento cultural, pero no por el hecho de ser cultural sino por el hecho de ser eventos.
No somos los acapulqueños ni nuestra sociedad los que contradicen a los encuentros citados, al análisis de Ramírez Bravo y a la visión de Citlali, sino la Historia.
Ni Ramírez Bravo ni Citlali Guerrero han querido aceptar que para poder interesar a un pueblo en eventos culturales este pueblo primero debe hacer de la cultura -y del consumo de sus bienes- un hábito. En Acapulco eso aún no se ha dado debido a diversos factores tales como la carencia de infraestructura cultural; la falta de medios informativos especializados y objetivos y la ausencia de institutos de artes y cultura. Pero, sobre todo, porque al pueblo de Acapulco se le canceló la concreción de una tradición cultural propia.
Ya había citado ese hito cuya relevancia siempre es obviada por los citados “escritores”; por ello, en éste, quiero insistir al respecto.
Mientras Acapulco -y sus “nativos”- como sociedad se insertaban en un proceso de reacomodo, mientras nuestros artistas y promotores culturales locales iniciaban a hacer propuestas, iniciaban a reunirse e iniciaban a discutir nuestro entorno, nuestra historia y nuestro ser en sí mismos; mientras salíamos del periodo de las guerrilla (Figueroa entró a un campus de la UAG hasta 1995 y le regaló “El camionero”); mientras tendíamos puentes de entendimiento entre nosotros y entre gobierno y sociedad; mientras empezábamos un periodo de inserción al empuje de los avances nacionales en materia social, política y democrática, irrumpió el grupúsculo que comandan Citlali y su esposo Jeremeías y le hicieron la guerra a ese lento pero eficaz proceso culturizador local.
El pináculo de esa guerra fue la doble defenestración de Aída Espino de la Dirección de Cultura de Acapulco auspiciada por los alcaldes López Rosas y Salgado Macedonio; sus secretarias de Desarrollo Social, Rossana Mora y Fabiola Vega; sus periódicos El Sur y La Jornada; el propio PRD y José Dimayuga que amparó todo sus fraudes.
Citlali fecha el inicio de esa irrupción que ella y su grupo perpetraron en Acapulco con el ascenso del PRD en Guerrero. En ese periplo los perredistas consumaron muchas imposiciones, pero la peor fue la de una pretendida y grotesca izquierdización de todo.
Algunos de sus gurúes inclusive izquierdizaron la historia de Guerrero y llegaron a adjudicar un supuesto izquierdismo a hombres como Guerrero, Morelos y Álvarez, después a hombres como Juan R. Escudero, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas y finalmente a hombres como Zeferino Torreblanca. Esa imposición no sólo pretendía “pintar de amarillo” nuestra historia estatal, sino también el orden cultural. Nunca se trató de una revolución cultural, sino sólo de una imposición que arrasara un supuesto orden cultural priísta que Citlali ubica en la obra de “poetas ruarles” “grupos escolares de bailables” y “de folclor”. Por supuesto, en esa imposición, en esa guerra de tierra arrasada, el PRD y sus aliados se llevaron entre las patas a quienes ni eran folcloristas ni poetas rurales, ni bailarines, ni priístas. Con ello, toda expresión cultural local fue aniquilada por el proyecto cultural del PRD. Que, desafortunadamente, no propuso otras estéticas u objetivos. Lo que es peor: no se preocupó por educar al pueblo ni en el imponente análisis estético generado por el socialismo ni en la erección de una estética proletaria. Todo lo contrario: arrasó el natural proceso estético histórico acapulqueño e impuso en su lugar la visión de dos empresarios del espectáculo: Citlali y Jeremías. Su tarea ha sido elaborar eventos “de calidad” para que sus patrones se luzcan: (López Rosas, Félix Salgado, Manuel Añorve, Luis Ávila) y, por otra parte, revivir y fortalecer una estética burguesa, plagada de efecticismo, alfombras rojas, diplomáticos y encumbrados escritores. Tal como lo hacía Alfredo Figueroa cuando su hermano era gobernador y a cuyos eventos invitaban a nobles europeos avecindados.
¿Qué tiene que ver todo eso con nosotros los acapulqueños? ¿En qué nos beneficia como ciudad, como sociedad, como pueblo? ¿En qué nos refleja o nos asume? En nada. En el grupo de Ciltlali nadie puede reconocer esta negativa porque ninguno de ellos es acapulqueño (o “nativo”), pero sobre todo, porque ninguno de ellos ha querido detenerse a estudiar, conocer, analizar y asumir la cultura que los acapulqueños representamos. La Cultura que nuestra ciudad engloba y es. Al interior de esos ejercicios resalta el hecho de que carecemos de infraestructura cultural, de institutos de arte y cultura, de medios de comunicación objetivos y especializados en ese ejercicio y, que en un momento histórico nos fue cancelada la concreción de una tradición cultural propia. El acapulqueño carece de referentes para el consumo de esos eventos; sobre todo, porque no está en ellos. Es de lamentar que CONACULTA tampoco tome en cuenta todo esto; que envíe a esos escritores a hablar al aire y que las autoridades culturales dilapiden recursos en un municipio con tantas carencias. Citlali Guerrero y Ramírez Bravo son  incapaces de reaccionar a todo esto no porque sean “de fuera”, sino porque carecen del adecuado nivel de análisis. Y  por que sus intereses son otros, no la cultura del pueblo acapulqueño. Abundaré en esto en la próxima.  Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com

Gaceta de información de actividades culturales de la ciudad y puerto de Acapulco
Director: Gustavo Martínez Castellanos
Año 6 ,  7 de Enero de 2011