Yo, ciudadano

Discursos. Aguirre

Gustavo Martínez Castellanos

En la crónica de una reciente reunión que Aguirre Rivero sostuvo con empresarios de la construcción se puede notar que su discurso no ha cambiado. Sigue sonando como hace más de diez años cuando era gobernador de Guerrero y en la mayor parte de sus actos públicos manifestaba su visión de cómo debería ser el manejo de la economía estatal. Desde aquel entonces dejaba en sus auditorios una sensación de necesidad de cobertura de una auténtica justicia social, del ejercicio de un gobierno humano y sensible y de la concreción de un Estado eficaz y eficiente, justo, democrático y progresivo que en realidad adopte la tarea de activar a las fuerzas sociales para trabajar en la consecución de mejores estadios de vida para todos. A todo eso, Aguirre lo bautizó con la frase “Un nuevo horizonte para Guerrero” en un afán –también esta lectura es mía- de que esa tarea fuera una constante, un motor, un incentivo perenne de la dinámica social y económica suriana.
Bajo la perspectiva de la metáfora “nuevo horizonte” el entramado de su visión es simple, pero en el análisis resulta tan complejo como nuestra realidad.
Asumo que para armar su discurso Aguirre parte de la necesidad de satisfacer las necesidades más elementales del hombre para que éste pueda operar en todos los ámbitos: educación, trabajo, creación. La erección constante de relaciones con el Estado en las que se incluya la distribución de las bondades del mundo moderno por igual para todos.
Pero, partir de la postulación de la satisfacción de esas necesidades elementales puede sonar anacrónico. O demagógico. ¿No es acaso ese el discurso oficial de todo candidato? Al menos, la sola invocación de la miseria en Guerrero ha derivado, inclusive, en la formación y existencia de un partido de izquierda del que no puede tomarse sin ironía su iterativa presunción de que Guerrero es su bastión. Antaño, esa invocación fue el ábrete sésamo para que los votos se derramaran a favor del tricolor. Hoy, es una justificación para excesos tales como los que se perpetran en materia de atracción de capitales e inversiones que sólo han llenado de Mac Donald’s y Oxxos nuestras geografías urbanas y de muchachos con birretes y moños de colores ridículos esos expendios y las universidades públicas.
Además, el cúmulo de discursos sobre la pobreza extrema terminó por convertirla en algo peor que en una entidad de ficción; la convirtió en un cliché.
Tal vez por eso Aguirre no la menciona en su discurso y sólo la hace sentir, como una forma de decir que ahí está, que poseer el municipio más pobre (no sólo de México sino del planeta) debería de dejar de ser una preocupación de nuestros gobiernos para convertirse en una motivación a reunir a las mejores mentes locales para ponerlas a trabajar en la erradicación total de ese problema.
Partir de esa perspectiva es un avance. Es algo más: es una protesta que dice que han pasado dos sexenios presidenciales, dos sexenios estatales ganados en comicios y muchas elecciones más y, como el dinosaurio de Monterroso, al despertar de esas borracheras de “democracia” el hambre de nuestro pueblo continúa ahí. También la injusticia. La desigualdad. Y los pueblos abandonados. Y los moños de luto de quienes se fueron en busca del sueño americano y sólo alcanzaron el sueño eterno. Nuestra realidad, pues.
El avance consiste no en la aceptación de que el problema existe sino en la aceptación del problema como un reto: lejos de la atracción de inversiones, fuera de los “avances” en materia política y social, más allá del juego del poder por el poder; la pobreza en  Guerrero existe y debe ser erradicada porque todavía no la hemos erradicado aun cuando podíamos haberlo hecho. ¿Por qué no lo hemos hecho?
El PRI, al menos, necesita que Guerrero no pierda esos niveles vergonzantes de pobreza porque con ellos justifica su presencia como fuerza político social: “si hay pobres en México entonces los postulados de la Revolución aún no se han cumplido y deben cumplirse”. Además, durante décadas los millones de mexicanos hambrientos fueron su más grande fuente de votos. La forma más barata de comprarlos era con una torta, un jugo, una playera, una gorra. O una matraca. Además, el PRI no olvida que patentó el hambre del pueblo para hacerlo altamente gobernable: así siempre lo tiene pendiente de los beneficios que puede obtener si se porta bien. Y también sabe qué le puede pasar si se porta mal.
Para el PRD la existencia de ese tipo de pobreza es una referencia: es la memoria viva de lo que los priístas le hicieron a México y a Guerrero durante décadas. Y que ellos no pueden solucionar en un sexenio, o dos. O más. Como dijo Zeferino al inicio del suyo: “Necesito tiempo; mucho tiempo”. Otra cosa que dijo fue que la lucha contra la erradicación del hambre, de la miseria extrema y de la injusticia social no puede pasar por encima de las necesidades de los otros niveles sociales. “No puede detenerse el progreso de un estado por satisfacer las necesidades de unos cuantos”, replicó al PRD. Y aún cuando eso no fuera una mentira, lo único cierto es que tampoco puede dejarse a esos “cuantos” a su suerte. No por un sentido de humanidad, sino en virtud de la aplicación de la justicia, como bien pudo haber argumentado el PRD con una protesta como las que ellos saben armar cuando quieren o cuando sus intereses particulares se ven afectados.
Además, a dos sexenios de distancia, es evidente que el problema se ha agravado: esos pobres pertenecen ya a algún subestrato social que los remite a tiempos inmemoriales; fuera del alcance de los avances tecnológicos y científicos actuales. Y, por supuesto, también lejos de los adelantos en materia política y social. Son, vistos desde ese ángulo, menos que la referencia de un cliché.
Eludir ese problema nuestro es propiciar el puntillismo del cinismo de la clase política local y el de sus respectivos partidos. Es, también, justificar la presencia de grupos armados de vindicación social de rarísimas filiaciones. Como fantasmas justicieros que evocan los antiguos corridos, recorren la serranía en contacto con esas comunidades rurales también al margen de la historia. Y, cuando las condiciones son propicias, se presentan en las zonas urbanas y agitan el panorama político con fusilamientos y vendettas políticas.
De vuelta a la realidad, la pobreza extrema en Guerrero, también es un sinónimo de lo que somos a la vista de la inversión extranjera y de sus turistas. Es, si no una bomba de tiempo, si una  latencia incesante que nos impide avanzar, inclusive, en la idea que tenemos de nosotros mismos. Un sensación de anacronismo que el discurso de Aguirre, cuando menos, trasmite para evitar que el “cliché” termine por convertirse en deja vú. Al escucharlo se puede constatar que el tiempo en Guerrero ha corrido fracturado; por un lado el triunfo maula de la democracia que parió un partido distorsionado debido a la incapacidad de un pueblo vacío de análisis y auténticos referentes políticos; por el otro, la realidad: antes y después de todos los discursos políticos los pobres continúan ahí.
Que Aguirre se reúna con lo sectores productivos del estado y les recuerde que Guerrero es meritorio de nuevos horizontes es el indicio de un ejercicio de democracia y justicia social perfectamente factible en un proyecto de gobierno. En las siguientes entregas intentaré esbozar ese punto de vista con base en el análisis del discurso de este político que ha regresado a la lid electoral para terminar como gobernador los compromisos que la historia le impidió concluir. Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com

Gaceta de información de actividades culturales de la ciudad y puerto de Acapulco
Director: Gustavo Martínez Castellanos
Año 6 ,  7 de Enero de 2011