Gaceta de informacion de actividades culturales de la Ciudad y Puerto de Acapulco
Acapulco Año 3 no.7 - Julio del 2008

Yo, Ciudadano

Aída Espino GARRO

Gustavo Martínez Castellanos

Estuvo en Acapulco la doctora en Literatura, Liliana Pedroza. Fue invitada por la primerísima promotora cultural Aída Espino a presentar su libro Andamos huyendo, Elena en el que investiga los nexos entre la vida de la escritora mexicana Elena Garro y su operística –primordialmente, su narrativa- a través del tema de la huída.
Aunque el libro no es biográfico, el trabajo realizado por Pedroza forzosamente tocó algunos aspectos de la vida de la autora de Los recuerdos del porvenir. Entre ellos, destaca la proclividad de Elena Garro por ayudar a los campesinos y por denunciar las injusticias.
En su sustento, se filtra en el libro de Pedroza una sesgada visión del México que Garro vivió y sufrió, principalmente después del movimiento estudiantil del 68 una vez que fuera acusada por un periódico de haber denunciado a un número considerable de intelectuales mexicanos y extranjeros de “alborotar” a los estudiantes.
Aunque Pedroza nunca lo menciona, su libro deja entrever el actuar fino y perverso de la mano de aquel Gobierno que primero permitió a la Garro expresarse y después le aplicó un consistente cuanto incisivo acoso por todos los medios a su alcance.
Dichos medios, sobra decirlo, actuaron en un doble juego en el que por una parte la hacían ver como víctima de la incomprensión de la clase intelectual y por otra parte la hostilizaba de todas maneras, pero principalmente a través de los periódicos que tenían convenios publicitarios con el gobierno federal. Es decir, casi todos.
Ante su firmeza, consignaron que la Garro era espía y que estaba trabajando para la KGB y la CIA. El linchamiento moral se convirtió en persecución y la huída inició el día en que ella y su hija Elena Paz, apenas con lo que traían puesto, llegaron a la casa de una mujer que en los buenos tiempos había trabajado como servidora doméstica en su casa, y continuó con un periplo que duró veinte años hasta que en México se supo la noticia de que en París y rodeada de sus gatos, “Elena Garro se estaba muriendo de hambre”.
Durante esos años había habido tres presidentes en el país, Octavio Paz -su ex esposo- era la figura cultural más renombrada y había ganado el premio Nobel de Literatura, México había ingresado al neoliberalismo y la mayor parte de sus amigos y enemigos no se acordaban de ella.
A su regreso, entre homenajes y reconocimientos, publicaciones y presentaciones de sus libros, montajes de sus dramas y discursos –nunca exculpatorios-, la Garro aún tuvo ánimos para ser noble; a los reporteros que le preguntaron sobre la verdadera causa de su huída respondió con sabiduría: “para qué remover lo que está en el pasado, mejor que se quede quietecito ahí, en el olvido”.
Mujer controvertida y controversial, escritora de pluma inteligente y sensible, funcionaria de gobierno que no se ciñó a la servidumbre burocrática y que desde su puesto pugnó por cambios y peleó contra la corrupción, Elena Garro era una enorme postemilla para el sistema de gobierno mexicano. Pero no sólo eso, era una papa caliente en los círculos intelectuales de aquel entonces cuyos miembros más connotados –incluyendo a Octavio Paz- supieron leer las señales del omnímodo poder presidencial y sin miramiento alguno le dieron la espalda. Pero que, además, comprendieron a la perfección que una mujer como ella, y divorciada, era un peligro para la estabilidad de su idea de la moral.
Y de muchas otras ideas que operaban en aquellos años.
Y que siguen operando.
México no perdona a las mujeres inteligentes, cultas y libres. Las odia. O, es mejor decir: las oligarquías no soportan a esa clase de mujeres. Les temen. Su género no sólo les parece un peligro, sino un agravio constante. Les proporciona la insoportable idea de que algo no funciona como debiera en el mundo. Los fractura.
El caso de Elena Garro se ha repetido en nuestro país hasta el asco. Desde Juana de Asbaje hasta Digna Ochoa, Lydia Cacho y Ana Gabriela Guevara o Belem Guerrero.
En Acapulco, padecemos el terrible caso de que una parte muy importante de nuestra sociedad, la comprendida por el gobierno municipal de Acapulco y los periódicos a su servicio La Jornada y El Sur, no soportan la presencia de Aída Espino y su visión de la ciudad.
Otra parte de la sociedad, comprendida por muchos ciudadanos que se dicen sus amigos le da la espalda, la niega y la abandona a su suerte para no enemistarse con el  gobierno y para no tenérselas que ver con esos tabloides que, a decir de ellos mismo, “pegan durísimo”. Pero sobre todo por motivación propia: una mujer así no les cabe ni en la imaginación. Por no decir que en la fantasía.
Y la otra -la más grande- la masa, vive ignorante de la obra de Aída Espino porque el gobierno y los medios de comunicación han intentado distorsionar su imagen porque no soportan la idea de que exista una mujer inteligente, culta y libre transitando en su coto de poder. No pueden. Les es aberrante su presencia. Y la niegan intentando ignorarla. La ocultan. La borran con su silencio.
Sin embargo, en todos esos grupos humanos, también existen mujeres con aspiraciones, con ideales e ideas. Con el espíritu de los cambios bulléndole en el corazón.
Pero muchas, casi todas, vuelven a someterse al torpe arbitrio de los hombres. Lo que es peor: de los hombres de poder. Y al negar a Aída, se niegan a sí mismas e indican, con la mirada clavada en el piso, el camino a seguir a sus hijas y todas las mujeres de su familia.
Sí, el poder del gobierno a veces parece infinito.
Tiene el dinero de nuestros impuestos para hacer con él lo que se le antoje. Tiene comprados a los medios de comunicación. Tiene a las policías y a los servicios de espionaje. Tiene nexos con otros grupos de poder: los partidos políticos, los empresarios, las iglesias, el crimen organizado. Más aún: tiene nuestro compromiso como ciudadanos de que respetaremos las instituciones que él mismo usa para administrar y gobernarnos. Pero lo que es peor: tiene a su favor nuestra ignorancia, nuestra apatía y nuestra idea maldita de que el mundo está torcido porque alguien más poderoso ha decidido que sea así. Desde ése ángulo, todos los que callamos ante una injusticia, ante el linchamiento de un ciudadano inocente, somos cómplices de los atropellos que en su persona el gobierno cometa. Como alguna vez dijo Sabines de Marilyn Monroe: “Por el hecho de ser hombres, todos somos culpables de su muerte”.
Andamos huyendo, Elena, el libro que Liliana Pedroza presentó este viernes 27 de junio en Acapulco, no dice nada de eso, pero resulta imposible no deducirlo. Sobre todo si en la persona de alguien como Aída Espino volvemos a ver la mano perversa del gobierno y de sus aliados que a toda costa quieren que la mujer inteligente, culta y libre, huya. Desaparezca. Salga de su coto de poder y su terror sirva de escarmiento a las demás.
Afortunadamente para Acapulco, Aída no está sola.
Lo seguimos lamentando por Elena que, vista así, aún le queda camino por huir.

Nos leemos en la crónica. gustavomcastellanos@gmail.com