Yo, Ciudadano
Enrique Ortega Arenas
Gustavo Martínez Castellanos
En un viaje relámpago a la ciudad de México conocí al licenciado Enrique Ortega Arenas. Para muchas personas jóvenes en México este nombre no dice nada, pero para muchas otras entre las que se encuentran casi todos los estudiantes de Derecho, auténticos luchadores sociales e investigadores en ambas áreas, Ortega Arenas es un hito en la Justicia en nuestro país. O debería serlo.
Ideas “exóticas”
De un esforzado licenciado en Derecho, Enrique Ortega Arenas (hay que ubicarlo con precisión porque dos hermanos suyos también son abogados), saltó a la historia del país debido al macartismo mexicano que había emergido en 1926 en el código de Seguridad Pública del D. F. y que se ensanchó en la nueva ley (de ese año) que castigaba los “Pensamientos de Oposición” (sic)y que obtuvo resonancia en el Código Penal Fascista de 1931 y que luego derivó en el artículo 145 de la Constitución de 1941 en el que el Congreso aprobó las “Leyes de emergencia por el estado de guerra existente en contra de los países nazi fascistas”. Una década después todo ese ámbito legista amparó al gobierno mexicano contra la incursión de “formas de gobierno incompatibles con nuestra democracia” durante la Guerra Fría.
La guerra de los mundos
La paranoia anticomunista del gobierno mexicano de ese entonces (basada en la versión hollywoodense de H. G. Wells, o en la voz de Orson Welles) propició la tensión entre las administraciones priístas y los grupos progresistas del país, mayoritariamente aglutinados en la auténtica izquierda; aquélla. Con esa coraza constitucional el gobierno de Alemán encarceló a Adán Nieto Castillo, Carlos Sánchez Cárdenas, Mario Rivera y otros líderes obreros durante el desfile de 1º. de mayo de 1952. En 1956, por la misma razón Ruiz Cortines encarceló a Nicandro Mendoza y otros líderes del IPN y dos años después a Othón Salazar, Encarnación Pérez, Nicolás García y Venancio Zamudio. López Mateos se estrenó aprehendiendo, el 28 de marzo de 1959 (a 6 meses de su toma de protesta), a los líderes ferrocarrileros Demetrio Vallejo, Gilberto Rojo, Roberto Gómez, J. Guadalupe López, J. Eugenio Araujo y a múltiples trabajadores que permanecieron encerrados en instalaciones militares acusados de “Disolución Social” (sic), al igual que los dirigentes comunistas Dionisio Encina, Alberto Lumbreras, Miguel Aroche y Valentín Campa.
“Ándele, por disoluto”
El delito de Disolución Social fue un invento genial del gobierno mexicano para reprimir todo tipo de movimiento popular. Basaba su existencia en la antiquísima réplica monárquica contenida en el postulado de la infalibilidad del rey. Contra esa visión retrógrada en un país cuyo gobierno pregonaba moderno, y ante la pregunta de un periodista colombiano que le cuestionó en Bogotá si consideraba que el presidente López Mateos era un mandatario obrerista, David Alfaro Siquerios respondió: “¿Puede ser obrerista en presidente que ordenó matar a más de mil ferrocarrileros?” La distancia geográfica no amainó la ira del ejecutivo y el 9 de agosto de 1960 el gran muralista fue aprehendido arbitrariamente, sin orden de autoridad competente y con lujo de fuerza. De la misma forma también el periodista Filomeno Mata Alatorre fue privado de su libertad.
Defensor por consenso
Enrique Ortega Arenas se había graduado como Licenciado en Derecho en 1958. “Cuando aprendieron a Othón Salazar y a otros líderes magisteriales, sus amigos buscaron a mi hermano, pero me encontraron a mí –recuerda-. Me llevaron a la delegación y ahí, por la premura, accedí a defender también a otros dos acusados cuyos abogados no habían podido llegar a tiempo. Ese día yo estaba enfermo, tenía problemas con una pierna y el doctor me había prohibido moverme de la cama, aún así asistí. En la noche, cuando le comenté a mi esposa sobre mi decisión de defender a estos luchadores sociales de izquierda se alarmó, pero a las tres de la mañana cuando llegaron a nuestra casa más de doscientos maestros mostrándome su gratitud y pidiéndome que me hiciera cargo de la defensa de todos los demás líderes se puso de mi lado y me apoyó durante todo el proceso hasta que logramos su liberación. Esa noche, con dolores en la pierna y con fiebre empecé a trabajar en lo que más tarde me llevaría a crear la defensa de casi todos los luchadores sociales nombrados y de Filomeno Mata y de David Alfaro Siquerios”.
Amor y lucha
Enrique Ortega Arenas tiene hoy 82 años de edad pero un enorme dinamismo lo empuja a continuar al frente de su despacho ubicado en la colonia Roma. Ahí tiene varios cuadros que el gran muralista le regaló después de que ganara para él el proceso de su liberación en una desigual lucha en contra del omnímodo poder presidencial de aquel entonces. Entre esos cuadros hay fotografías bellamente enmarcadas que reproducen escenas del juicio y de la liberación de David Alfaro Siqueiros. En una de ellas, la esposa de Enrique Ortega abraza a la esposa de Siqueiros en un gesto más que protector de firmeza. “Así era ella, recuerda don Enrique, una hermosísima mujer con temple de acero”. Durante casi medio siglo aquella dama cuya mirada recuerda a Ingrid Bergman fue la compañera de lucha de este octogenario gladiador hasta que la muerte se la arrebató. Hoy la oficina principal del despacho es una capilla en la que se adora su recuerdo y su imagen.
La izquierda unida…
Don Enrique y Aída Espino se conocieron hace muchos años y entablaron juntos la misma lucha de Siqueiros contra el poder que se ceba en los luchadores de izquierda.
Cuando don Enrique se enteró de que el Congreso del Estado de Guerrero se había declarado incompetente para atender la denuncia de Aída contra Félix por peculado y otros delitos simplificó todo con su sonrisa de siempre: “A usted no puedo negarle nada, tráigase el caso, lo leemos y, para avanzar, vamos a los medios de comunicación para que México se entere de lo que está haciendo este señor (Félix) en Acapulco. Tengo un amigo que hace muchos años que no veo, es periodista, pero cuando Siqueiros estaba preso me pedía que lo pusiera en contacto con él y otros favorcitos, así que no creo que se niegue a recibirme”.
Fresas 7: 164 años de historia
Y no se negó, al contrario, lo recibió con un amplísimo abrazo y enormes muestras de afecto. Y aunque al principio se mostró reticente con su proverbial jovialidad, terminó accediendo a que nos tomáramos un par de fotos e intercambió conmigo algunos ganchos al hígado que, a su edad, Julio Scherer lanza con fuerza y precisión.
Él dispuso que la dirección de Proceso atendiera el caso de Aída. Ella dejó una copia de la denuncia y de la torpe resolución de la Comisión Instructora de nuestro cuestionable Congreso y agradeció a Scherer su gentileza. Él la abrazó y le dio un beso. Después abrazó fuertemente a Ortega Arenas y dijo: “Aquí hay 164 años de lucha, faltaba más”. Tres días después, una reportera entrevistaba exhaustivamente a Aída.
Ahora, esperamos que todos esos años nos hagan justicia. La lucha sigue.
Gracias don Julio Scherer, gracias don Enrique Ortega por esa luz de esperanza.
Nos leemos en la crónica. gustavomcastellanos@gmail.com