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Yo ciudadano Que cese la Violencia Gustavo Martínez Castellanos “Ya amarra a tu loco”, dijo el cabo de guardia de la comandancia al encargado de sacar de la cárcel al empleado de Vía Pública cuando pasaron por la puerta de salida. El encargado sólo emitió un gruñido por respuesta, también iba encolerizado porque adentro, en el interior de los separos, la policía que estaba de custodia lo había amonestado de igual manera: “Ustedes y nosotros somos del mismo dueño: el municipio; mete en cintura a tu muchacho porque para la próxima vez que me insulte o me grite no se lo voy a pasar por alto, aquí no está en sus oficinas, aquí está en las nuestras”. Se veía preocupado: no era la primera vez que aquel empleado de Vía Pública golpeaba ciudadanos indefensos y no era la primera vez que él iba a sacarlo de la comandancia. Y por lo que podía ver, parecía ser que no sería la última. No en vano, el actual alcalde dice poseer un “doctorado en marchas y plantones”. El empleado de Vía Pública que salía de las instalaciones de la policía municipal del puerto de Acapulco, custodiado por tres compañeros suyos, sólo es una pequeña pieza de ese intrincado mecanismo de control que el PRD ejerce sobre la ciudadanía. Más aún: contra el ciudadano que pretende vivir alejado de la demagogia que emana ese partido. Esa pequeña pieza de represión se llama Juan Antonio Hernández y ha sido acusado iteradamente de abuso de autoridad, de violencia callejera, de alterar el orden, pero sobre todo, de golpear indígenas artesanos y vendedores ambulantes. Para eso me pagan, presume. De robarles sus mercaderías o de dejárselas inservibles. Para eso me entrenaron, justifica. Para ocasionar pavor entre los indigentes y los borrachines de cada quincena. Para que aprendan. Postula. Por ello, desde que lo remitieron a la comandancia alegó Yo soy la autoridad, con los ojos vidriosos, la mirada perdida y saliva pastosa en las comisuras de la boca. Les va a pesar cuando esté fuera, gritó. La guardia de turno trató de calmarlo para que no alterara a los demás detenidos: Ya cállate, muchacho, deja de decir tonterías. A ti te va a ir peor que a los demás, dijo él, sosteniéndose de las rejas. Te lo juro. No sabes con quién te metes. Esta vez había sido detenido por golpear a otro ciudadano en el Zócalo porteño: al cantante de rock y maestro de guitarra Cristofer Lee Urbina. Un muchacho que no ingiere alcohol, jamás ha fumado y cuyos únicos delitos son ser joven, dar clases de guitarra en la Biblioteca Pública Alfonso G. Alarcón y haber protestado por la desaparición de 15 millones de pesos de los presupuestos de Cultura de 2006 y 2007 en el Festival de la Nao. Antonio Hernández llevaba semanas “cazándolo”. Había dicho a sus compañeros “Apáñenlo donde lo encuentren. Me lo encargaron de allá arriba”. Afortunadamente ellos no le hicieron caso, saben que a veces desvaría. Y a veces no. Sobre todo cuando persigue como endemoniado a vendedores ambulantes no autorizados, es decir, esos que no dan su cuota económica o política del director de Vía Pública. Esos que no están “controlados”. Contra mujeres desesperadas que tratan de salvar las mercancías con cuya venta darán de comer a sus hijos, Antonio Hernández es un tigre. Contra niños llorosos que suplican que suelten a sus madres, es un león. En compañía de sus compañeros y respaldados por las armas de alto poder de la policía municipal, es un volcán. Pero todos dicen que se pone así sólo por que se droga. Yo le pago las piedras que quieran al que madree a este güey en donde lo encuentre; ofreció a los demás detenidos en los separos señalando a Cristofer Lee. Las que quieran, afirmó, a este güey lo trae en salsa el mero mero, gritó burlándose. Ya cállate, muchacho, pidió la policía. Cállate tú, vieja podrida, no sabes con quién te estás metiendo. No sabes. Cristofer trataba de mantenerse alejado de ese energúmeno. Adolorido por la golpiza, con el rostro desfigurado y con dificultad para respirar. Sólo quería descansar. Sentarse en algún lugar de la celda que no estuviera sucio para evitar infectarse las heridas. Antonio Hernández lo había atacado por la espalda. Cristofer no recuerda con qué lo golpeó en la nuca. “O más arriba”, dijo horas más tarde en la Cruz Roja a donde lo llevamos para que lo atendieran. “Perdí el conocimiento; y de no haber sido por Sara –su compañera- me hubieran matado”. En efecto, sólo ella y un policía conciente pudieron contener al enfurecido Antonio Hernández y a su compañero, porque de todos los policías que había alrededor, ninguno se atrevió a detener el castigo que estaba recibiendo el cuerpo sin sentido de Cristofer. Sólo miraron. Tenían consigna de no intervenir. En el parte que levantó el médico legista y que ya obra en una averiguación previa, se puede ver que Cristofer recibió, aparte de golpes contusos en el rostro y en la base del cráneo, fuerte presión sobre su cuello, para ser más precisos, al rededor de su tráquea, en la que pueden observarse los dos puntos morados que dejó la impresión de los dedos de Antonio Hernández con la intensión de causarle la muerte. “Me despertó la sensación de que me ahogaba -dijo Cristofer-, y el llanto de Sara suplicando que no me mataran”. Cristofer había estado conmigo el miércoles 02 -un día antes de la agresión-, en el programa de cultura que conduzco en Tvacapulco.com. Ahí tocó la guitarra y cantó, comentó que era una pena que Tulum “una ciudad de nueve cuadras” tuviera un gobierno municipal preocupado por dar arte y cultura a su gente en un hermoso espacio cultural que pertenece al municipio mientras que en Acapulco sólo contamos con la Casona que se está cayendo a pedazos porque el nuevo director y sus amigos no hacen nada si no hay dinero. Lamentó que a su regreso a Acapulco no le hayan querido dar espacio para dar clases gratis de guitarra. “Sólo la profesora Aída me escuchó y cuando la corrieron me fui con ella a la Biblioteca. Ahora ahí doy clases gracias a la maestra Themis Mendoza”. Sabemos que al alcalde Félix Salgado Macedonio no le gustó que protestáramos contra su fiesta de la Nao porque tenía como invitados a varios embajadores y al director de CONACULTA, Sergio Vela. Lo lamentamos, intentamos hablar con él pero nunca nos escuchó. Por lo contrario, ejerció más presión, defenestró de manera ilegal a Aída Espino y puso en su lugar al esquirol José Dimayuga que se presta para todo tipo de corruptelas. A esa protesta pacífica asistimos varios artistas más, un servidor y la premio nacional de cuento Sahuayo 2007, Teté Chávez ¿También a nosotros nos golpearán los sicarios de Félix? Ya lo sabremos. Ojalá el ombudsman Juan Alarcón tome nota de esta denuncia e inicie una investigación. Solo tiene que hacer a un lado su parcialidad. Por supuesto, exigimos justicia; que cese la violencia contra los ciudadanos que luchamos por un auténtico cambio. No queremos violencia, por eso no la generamos a pesar de que Félix envíe a sus agresores como Jesús Carranza. Exigimos que cese la violencia. Él tiene la palabra. Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com
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