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MAURICE RAVEL EN ACAPULCO La del viernes 08 de septiembre en el Juan Ruiz de Alarcón fue una noche excepcional. La Filarmónica de Acapulco presentó un concierto de primera línea con obras del maestro francés Maurice Ravel y la ejecución única de la pianista mexicana Guadalupe Parrondo. El programa presentó “La Pavana para una Infanta Difunta”, el “Concierto en Sol Mayor para piano y orquesta”, el poema sinfónico “La Valse” y el ballet “El Bolero”. La pavana: Pieza ligera, encantadora por amable y sencilla, por bella y sentida, a veces, sensualmente debussyana. Abrió la noche, fue ejecutada con una limpieza excepcional y un sentido melódico bastante elevado y dejó un buen sabor de boca en el público. El Concierto en Sol mayor. Con esta pieza escuchamos a la concertista internacional Guadalupe Parrondo entregada a dejar en cada frase algo de sí misma. El primer movimiento estableció una atmósfera ineludiblemente gershwiniana, pero el segundo movimiento Adagio Assai, nos devolvió al abstraccionismo europeo. En toda la pieza pueden observarse los becuadros de la descomposición musical de la pieza principal cuyo fondo corea la orquesta para el piano, y viceversa, como en un cuadro de Braque. En el tercer movimiento, Ravel expone el mismo sistema de descomposición pero con un fondo jazzístico que si bien nos hace recordar a Gershwin nos hace ver por qué para muchos Ravel es Ravel y Gershwin sólo la “Rapsodia en Blues, la “Sinfonía en F” y “Un americano en París” La valse. Ravel tenía dos proclividades eminentemente extramusicales: la escenificación y la recreación de épocas. La Valse es una pieza que se disfruta por la tensión en la que inserta al ritmo straussiano y por su riqueza temática e instrumental. Establece un puente entre los años previos a la Primera Guerra Mundial y la modernidad de la que Ravel era precursor. El Bolero. Es interesante subrayar que a casi ochenta años de su propuesta, esta pieza dancística continúa ocasionando las somnolencias rítmicas precursoras de un trance hipnótico que más tarde se rompe abruptamente (como quizá nunca lo hubiera hecho Debussy en su “Siesta del Fauno”). El encanto de esta pieza radica también en su propuesta orquestal. Con él, y de la forma más atinada. Eduardo Álvarez, cerró la noche al conceder una coda desde los fortes al final. Lo que no se pudo evitar Sin embargo, no fue noche de solistas. El ataque de la Parrondo en el primer movimiento, fue ligeramente tardío y el único solo de trompeta perdió la nota final de la última frase. El mismo problema se presentó en el Bolero: el fagot y el clarinete perdieron notas y ritmo, igual que el trombón, mientras que el píccolo en tercera tocó en fortísimo con referencia a la flauta y, al final, el arpegio orquestal no fue preciso. Sin embrago, nada de eso impidió que el público disfrutara el concierto y se pusiera de pie pidiendo un da capo. El maestro Álvarez concedió sólo el final y todo mundo quedó satisfecho. |