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HISTORIA, PROSAPIA Y ARTE

DE NUESTRA CIUDAD QUE PUDIMOS PERDER

Ubicada en el barrio de la playa en el corazón de la ciudad, la Casona de Juárez jamás albergó al Benemérito, recibió ese nombre porque está sobre la calle Benito Juárez, entre Felipe Valle y la Paz. Fue construida a fines del siglo XIX, cuando el presidente Juárez ya había muerto.

Parece ser que su primer uso fue como depósito de oro. "Había un señor de apellido Bucanovich que traía lingotes de oro bañados de cobre para no despertar sospechas a los ladrones desde una mina llamada “La Dicha”, cercana a Chilpancingo. Los transportaban hasta Puerto Marqués y de ahí en canoa hasta Acapulco, para depositarios en esa casa”.

Después, la Casona pasó a ser propiedad de los hermanos Hugh Louis y Henry Stephens Stephens propietarios en el puerto, junto con su hermano William Albert, de varias empresas de extracción de aceite de cayaco y de aceite de semilla de algodón; empresas que más tarde vendieron a los españoles Obdulio, Sergio y Rogelio Fernández. Con el dinero obtenido de la venta compraron la Casona. William Albert adquirió el terreno aledaño.

La actual calle Benito Juárez primero se llamó “San Juan”. En la época cristera se llamó Emilio Carranza, y en los años cincuenta, Benito Juárez.

Tiempo después Hugh liquidó su parte a Henry y quedó como único dueño de la Casa, la tiró y construyó una nueva.

La nueva casa, que durante muchos años fue conocida como "La Casa Stephens", "El consulado de Tecpan" y "La Casa de doña Lola", es la edificación que en parte se conserva hasta nuestros días. Fue diseñada por Hugh Louis Stephens Stephens, "don Gio" como un hogar más confortable y para recibir huéspedes, ya que en ese tiempo sólo había tres hoteles en el puerto y no ofrecían el servicio de alimentos. Don Gio le hizo varios cuartos en la parte posterior.

Al frente le hizo un amplio corredor techado de casi tres metros de ancho, y casi un metro de altura con referencia al piso para evitar que el arroyo entrara en época de lluvias. La Junta de Mejoras Materiales rellenó la calle hasta dejar La Casona al mismo nivel.

Sus paredes de adobe son muy gruesas y tiene "amarres" de alambre de púas (entre cada hilada de adobes). En una canoa de cemento con una solución de sosa cáustica y arsénico, don Gio “curó” la madera que sería usada en la casa, por eso ha durado tanto tiempo.

El piso era de ladrillo y las tejas del techo tenía una bolita en un extremo por la parte de abajo, para que no se deslizaran en caso de temblores.

La sala principal era cuadrada y muy espaciosa. A su derecha había una habitación y en la parte de atrás había una puerta que comunicaba a un pasillo rectangular colindante con el patio central; a la derecha, el comedor. Al lado estaba la cocina, a su izquierda la sala, y luego la recámara principal en la que los Stephens tenían una caja fuerte, y un nicho de caoba.

Una serie de cuartitos colindaban con el pasillo y el patio central que en un principio fueron construidos de laja de tronco de palma y los turistas, al verlos decían que se sentían en África. Al lado de uno de estos cuartos había un acceso a un traspatio muy grande que compartieron las propiedades de ambos hermanos (Hugh y William), tenía una parte techada que ocupaban como corral (espacio que ocupó Canacintra), ahí don Gío guardaba su Studebacker. En este patio se ubicaban los lavaderos.

En el patio principal y detrás de la capilla, Don Gio plantó un árbol de mango en 1926, este árbol sigue de pié a pesar de que fue derribado por un ciclón. Había otros árboles frutales y diversas flores de ornato.

Con el paso del tiempo, La Casona fue restaurante. Más tarde fue vendida y fue platería; después, restaurante de comidas exóticas; centro esotérico, bar, y, hasta el trienio de Alberto López Rosas, bodega de la dirección de Turismo Municipal. La Dirección Municipal de Cultura la remodeló, le puso un cielo raso de triplay, piso de cemento, apuntaló los horcones principales y arregló parte del techo. Todo esto costó al erario 191 mil pesos, pero el gasto bien valió la pena, pues de dos años a la fecha es la casa del arte y de la cultura locales por excelencia. Más de doscientos eventos realizados entre sus paredes (hoy la casa es la tercera parte de lo que fue), la han acreditado a grado tal que es imposible concebir la vida cultural del puerto sin ella. En este trienio, Fabiola Vega y Daniel Ríos pretendieron regalarle todo eso al empresario papelero César Zambrano en un acto similar al del Fobaproa. Detener ese despojo fue motivo de otra historia que también se relata en este número.

Con información de Isabel Valdeolívar.

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