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ACAPULCO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS EL TITANIC Y EL TEATRO FLORES DE ACAPULCO Hacia principio de siglo XX dos tragedias similares enlutaron más de mil familias y el silencio en torno suyo sigue inquietándonos hasta el día de hoy. El 14 de febrero 1909 se incendió del Teatro Flores en Acapulco. Estaba atrás de la actual catedral, en el predio donde hoy existe una vecindad y una farmacia del ISSSTE. Según Luz Guadalupe Jospeh “don Matías Flores, hermano del gobernador Damián Flores hizo edificar un teatro con un ancho igual al del templo y una longitud un tanto y medio de ésta”. Fue construido por carpinteros de ribera nativos de Acapulco al modo de casas y salones de los Estados Unidos. Las paredes eran de medio metro de espesor, fabricadas con madera de pino”. No era un jacalón. Su frontispicio era una réplica del Partenón. Pero sólo tenía una puerta … y se abría hacia adentro. Acapulco no tenía más de 10,000 habitantes, pero ese día tres factores aumentaron el censo: La inauguración del primer teatro en Guerrero, la presentación del cinematógrafo en Acapulco y la visita del gobernador, coronel Damián Flores. “Vinieron a Acapulco caravanas de familias desde Tecpan hasta San Marcos y otros puntos del estado. Entre todas, sumaban más de quinientas personas; se hospedaron con familiares y amigos del puerto y el día de la inauguración vistieron, los hombres, saco chaleco y pantalón; y las damas, atuendos de gran volumen.” El gobernador llegó el día 10. Se alojó en la casa de su hermano. Allí recibió a los alcaldes de Acapulco, San Marcos, Tecpan y Tecoanapa. “Quedaron pendientes los de Ometepec, Ayutla y Atoyac”. El día 14, visitó el fuerte de San Diego y recibió honores. Después comió con los iberos de la casa B. Fernández que habían instalado fábricas de jabones, pastas, aceite y hielo. El teatro se llenó desde antes de las siete. Aún con boleto, mucha gente quedó afuera. La capacidad del teatro fue rebasada; adentro había familias completas; con niños. La pantalla era de manta. El aparato proyector, deficiente y Nicolás, su manipulador, inexperto. Las películas de celuloide se inflamaban con facilidad con el calor que generaba el arco voltaico. Se exhibirían ocho películas mudas. Diez minutos antes de las siete arribó el gobernador. Charló con varias personas en el pórtico. Entró acompañado de su hermano, Marcelino Miaja, el alcalde y Franco Funes. Adentro hacía mucho calor. El público recibió de pie al mandatario. El tomó asiento. A las siete en punto se apagó la luz, mas no empezó la proyección, había una falla en la caseta. Dio principio la función. Las figuras eran nítidas. La fotografía era buena. Una pianola acompañaba con música las imágenes. Diez minutos después, el gobernador salió del teatro discretamente. La gente ni notó su salida. Veinte minutos después
se vio un flamazo y se escuchó un estrépito y, a poco,
envuelto en llamas se escucharon los alaridos de Nicolás:
“Sálganse, salgan, el cine se está quemando” Antes del amanecer se apagaron las llamas y quedaron brasas. Un humo espeso se extendió por la ciudad. El olor a carne quemada permaneció más allá de las montañas por varios días. Los soldados abrieron tres grandes zanjones en el panteón de San Francisco, los presos recogieron con palas los restos calcinados y los llevaron a sepultar. Atrás de los carretones iba una multitud pues entre esos restos seguramente iba algún familiar. El acarreo duró hasta el anochecer del día 15. Don Matías enloqueció. Sentía sobre su conciencia la muerte de aquellas personas. Un día se pegó un tiro en mitad del paladar. El número de víctimas del siniestro es una incógnita. Algunos cronistas calculan que fue de 300 y otros hacer fluctuar la cifra entre los 1500 y hasta más de 2000. El 12 de abril de 1914 se hundió el Titanic, también durante su inauguración. Su capitán nunca había pilotado una nave como esa y propició que chocara contra un iceberg. No llevaba suficientes lanchas de salvamento. La noticia no causó la conmoción que se esperaba. Hubo más de 1,800 muertos. Los cadáveres nunca fueron rescatados. El teatro Flores y el Titanic, analogías de un siglo que iniciaba con sorpresas tecnológicas y que anunciaba el arribo a un mundo mejor: el nuestro. Gustavo Martínez Castellanos |
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