Gaceta de información de Actividades Culturales de la Ciudad y Puerto de Acapulco Año 1, No 2. Febrero - Marzo de 2006 |
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PAL KEPENYES “LOS VIVOS” EN LA CASONA DE JUÁREZ |
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CulturAcapulco Febrero 8 Para Pal Kepenyes la creación tiene en realidad visos bíblicos. La mejor explicación que pueda hallarse de sus obras (y que él da en cada entrevista) es, por lo regular, una cosmogonía plasmada en alguno de los grandes libros de la antigüedad. O todas las cosmogonías juntas. Así, Pal Kepenyes establece el origen de su creación como el instante anterior al encendido del cerillo que propició el Big Bang o al soplo divino que inhaló Dios antes de exclamar Hágase la luz. Y no es para menos; sus esculturas se mueven. Pero no sólo se mueven, tienen una imperdonable vena sociológica que sólo puede explicarse porque Pal Kepenyes es un hombre comprometido con las mejores ideas de la humanidad. Tal vez por eso sus esculturas provocan cierto temor: parece que piensan Y no sólo eso: parece que aman. Y peor aún: parece que practican el sexo. O todo junto. Es decir: al mismo tiempo. En su serie Los vivos, Pal Kepenyes traspasó los límites de la creación y de la fantasía: sus esculturas se acomodan en el fango de una ciénaga esperando el lento retroceso al humus primario o se acoplan al lecho marino en que corales y rémoras se mueven al compás del agua. O mejor aún, se insertan en la historia; tanto de la Historia (en cuerpo de un caballo), o de la historia de la Filosofía: en la promulgación del enorme caballo universal. Son tan dinámicas que muchas de ellas establecen sus propios vasos comunicantes: son gallos que proyectan huevos y huevos que se desmoronan como las piezas de un rompecabezas que nunca acaba de desarmarse. O de volverse a armar. O de intentar regresar al gallo. Una de sus esculturas es un huevo que tiene números impresos. Alguien le preguntó “¿Qué significa?” “Es el huevo del gallo pitagórico” respondió Pal en son de juego. Yo imaginé que aquel huevo era un cosmos en expansión. Pero luego rectifiqué: “Tal vez sea la contracción de un universo”. Después corregí. “O ambas cosas”. Para desdecirme más tarde: “O ninguna”. Finalmente concluí: “¿A quién rayos le importa eso?” Después de que las esculturas dejaron de ser objetos de culto por lo que representaban, para arribar al estadio en que eran objetos de culto por lo que eran; los niños se las tomaron como esos juegos infantiles en los que entraban por un hueco y salían por otro. Las esculturas de Pal presentan otra perspectiva: pueden jugar con nosotros, o mejor dicho: pueden hacer de nosotros sus juguetes. Así, tenemos tres sillas que son tronos que son personas. Si usted es muy moderno siéntese en ellas. Es decir, en sus rodillas. Luego nos comenta cómo le fue. Hay una pareja de desnudos que se mueve y se queda tal y como usted la deja: con un brazo levantado, las piernas cruzadas. El sexo o los pechos hacia arriba o hacia abajo. Adelante: muévalas como le dé la gana pero no se sorprenda de que en un descuido cambien de posición o simplemente vuelvan a su postura original por obra y gracia de la fuerza de gravedad. O por obra y gracia de la fuerza de la imaginación. Otra escultura puede mostrarle la piedra roja de su corazón y una más, que es un autorretrato, puede mostrarle cómo es que el viento puede mover el pelo hecho de hebras de acero del escultor. En toda esta descripción, sin embargo, ha hecho falta detallar que las esculturas de Pal están hechas de metal. “¿Por qué de metal?” le pregunté en alguna ocasión. “Porque el metal es el material con que juegan los dioses”, respondió muy serio. Y ha de ser de esa manera porque de otra forma sus gigantes y sus “vivos” no podrían soportar sus propias características: ser tan grandes y tan dinámicos. O sus joyas. Porque Pal Kepenyes también hace esculturas en miniatura y joyas: brazaletes, gargantillas, anillos, dijes y prendedores. La principal característica de esas joyas es que no lo parecen: es decir, no son ni piedras ni metales preciosos; pero no por eso dejan de ser joyas. Es más, no tienen el preciosismo de lo que consideramos una alhaja, es decir, no tienen esa perfección geométrica de que presume la joyería universal porque se asimilan al cuerpo de quien las porta y se mimetizan hasta trasformar pieza y piel en un solo objeto, con la salvedad de que transforman el cuello, el brazo, la muñeca, los dedos y la ropa de quien las luce en una joya más. Es decir, no se mimetizan: mimetizan lo que tocan. Muchas personas usan la joyería de Pal como amuletos, para atraer el amor, para avivar el erotismo, para elevar la inteligencia o para tributar la inocencia porque muchas joyas de Pal tienen la rara virtud de representar un mundo antiguo y cándido, arcádico. Inocente y feliz. Fuera de este mundo. Con motivo de su exposición en la Casona de Juárez le hice algunas preguntas, la primera fue qué opinión le merecía la cultura en Acapulco, su respuesta fue contundente: “Aún no crean una cultura los acapulqueños, tienen muchas riquezas: mar, sol, naturaleza, pero continúan comprando cosas para subsistir, deben acabar con ese atraso y explotar por ellos mismos todo lo que poseen. Sólo así se crea cultura”. La segunda pregunta fue con relación a su nueva producción. “Estoy inserto en la perspectiva creativa de ‘El Mundo Roto’ que lamenta las toneladas de basura que se producen diariamente en el planeta y lo que puede hacerse con ella y se ha dejado de hacer pero que se sostiene con una visión tecnológica que preserva más allá de lo que las cosas tienen como natural caducidad”. Para Pal esta visión se inserta en un momento creativo que analizó recientemente en Italia y que recibe por nombre ‘Arte Povero’ y proclama que puede y debe hacerse arte con todo lo que esté a la mano: objetos de plástico que se combinan con objetos de madera, metal o concreto a partir de los que pueden hacerse cosas más grandes o pequeñas. Esta visión contradice la postura de que las tecnologías son arte también. Una corriente las denomina “Arte sin manos” porque todo lo hace la computadora que emula al ser humano, no lo re-crea, sino que sólo lo copia. “De esta forma –define Pal–, quienes comparten la idea de la automatización artística degradan el concepto de arte al nivel de un mero producto social, como el automóvil, lo que, visto de un ángulo objetivo, resulta ser una estupidez”. Una de las cosas que más han llegado a molestar a Pal es que en Acapulco no se entienda lo que es ser escultor “Aquí las personas no son capaces de pensar en qué se manifiesta la genialidad”, se queja. Lo reconforto: –Creo que no has tomado en cuenta que aquí la gente viene a divertirse, no a pensar. Otra cosa que continúa molestándolo fue el “escándalo de actitudes” que ocasionó hace años su “extravagancia en ciertas formas”, principalmente porque lo tacharon de satánico como “producto de la ignorancia de niños y ancianos” que pasaban frente a su casa y decían: “pinche diablo, chinga tu madre” porque veían las esculturas zoomorfas incrustadas en la pared exterior de su taller, “Se atemorizaban al pasar ante el lugar mágico donde creían ver al demonio y se persignaban para salir vivos… con la ayuda de Dios”. Otra cosa que lamenta, es que la Universidad de Guerrero no realice investigación y el registro de “toda la riqueza que poco a poco perderán los guerrerenses”. Una de esas riquezas –admite– es la sensibilidad de un pueblo que parece que no ha entendido el profundo significado del arte y de la historia. “Te digo –finaliza– aún falta mucho para que la acapulqueña sea una auténtica cultura”. |
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