M A R Í A
Astrid Paola
Se despierta temprano. Hace apenas unas horas se acostó pero ya está de pie. Enciende con periódicos viejos el fogón para calentar el café ralo que desayunarán los que aún duermen. Se sienta a hilar sus collares.
La canasta está llena, pero ella no sabe hacer otra cosa para sobrevivir. Cada cuenta en su collar es una ampolla más en sus toscas manos.
Sentada en la misma triste esquina de todos los días, mira niños correr hacia la escuela, mientras dos de sus hijos, descalzos, arriesgan la vida entre carros para vender unos cuantos chicles.
El más pequeño está en la otra esquina, postrado en los brazos de su padre, que en su dialecto suplica por unas cuantas monedas a rostros indiferentes a su pobreza. Ella reprime un gemido de dolor.
Ve acercarse una muchedumbre y piensa que tal vez venda un collar. Una señora finamente arreglada se detiene frente a ella, la saluda de mano y le dice algunas palabras mientras algunos flashes parpadean.
La señora se aleja con la comitiva. Un hombre se relega de la caravana amarilla, se acerca y le da un montón de papeles amarillos, Repártelos, le ordena, y no olvides que no has pagado la cuota, si quieres quedarte sin esquina nomás me avisas, ya tengo otra María.
Sin mirarlo, guarda los papeles amarillos para encender el fogón en la noche.