La reseña cinematográfica de Acapulco, el festival de las malas nostalgias
Isabel Reyes Ramos
A fines de los años cincuenta se realizó en la ciudad de México la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos, que no era otra cosa que una compilación de los festivales nacionales que se realzaban en diferentes latitudes del mundo: era la reseña de las reseñas. Cada uno de esos eventos reportaba una importante derrama económica a los países que los realizaban, que eran países que tenían –y siguen teniendo, a pesar de poderío económico hollywoodense- una tradición cinematográfica altamente consolidada.
México no figuraba –ni figura- como poseedor de esa tradición; empero, estaba consolidando otra: la de ser el anfitrión por excelencia a través de agresivos programas de atracción de inversiones y de promoción turística.
Ambos programas habían sido creados para que se beneficiara únicamente la clase dominante que había sobrevivido a la revolución mexicana y que en su proceso de reacomodamiento copió muchas de las estructuras político administrativas de otros países y las echó a andar con la facilidad que les otorgaba el hecho de que México era, en esos momentos, un país con una economía emergente que había recibido los beneficios directos de ser el principal proveedor de materia prima a Estados Unidos durante la segunda guerra mundial. Había dinero y una clase política nueva, dispuesta a tomar del país todo lo que considerara suyo porque así se lo permitía la estructura política que ellos mismos habían creado sobre las necesidades del resto de la población.
Así, Jorge Ferretis, Giacomo Barabino y Miguel Alemán Velasco decidieron organizar un festival cinematográfico en México. Sabían que era casi imposible realizarlo a pesar de toda la infraestructura económica con la que contaban porque era difícil competir contra el sólido prestigio de las diecinueve reseñas mundiales entre las que destacaban las de Cannes, Venecia y Berlín. Entonces decidieron sumarlas y ponerlas a competir para emitir entre todas a una triunfadora universal.
Después de satisfacer todos los requerimientos técnicos correspondientes; en el Auditorio Nacional de la ciudad de México, con capacidad para trece mil espectadores, el diez de octubre de 1958, el entonces secretario de Gobernación, Ángel Carvajal, inauguró la Primera Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos.
En los primeros tres días se exhibieron las ganadoras de los tres primeros premios de cada certamen internacional, pero en total se mostraron al público veintiséis películas representantes de ocho países, ante un jurado calificado en arte y técnicas cinematográficas. Las participantes fueron: Furia de pasiones, Huída en cadenas, La invención destructiva, La casa que yo habito, Noche larga y febril, Cuando pasan las cigueñas, Mi tío, Los amantes, El don apacible, y Un genio anda suelto, entre otras.
Como reseña, el evento cumplió con el hecho de “Examinar algún libro u obra literaria y dar noticia crítica de ellos”. Pero en lo mundial no, porque no participaron otras cinematografías que aunque no tenían –y siguen sin tener- el realce de las que sí participaron, poseían –y poseen- un trabajo cinematrográfico digno de encomio. Al final y en el Palacio de las Bellas Artes se entregaron premios a las películas participantes.
Al año siguiente, la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos trasladó su sede al puerto de Acapulco. Se inauguró el 25 de noviembre en el histórico Fuerte de San Diego que obtuvo la aprobación de la Comisión de Monumentos para recibir y sostener dicho evento de dos mil butacas. En la ciudad de México hubo otra ceremonia simultánea. El festival duraría hasta el 12 de diciembre. Participaron doce países.
En 1960 se utilizó, en el puerto, el Fuerte de San Diego y, en la ciudad de México, el Auditorio Nacional, se exhibieron La dulce vida, Nunca en domingo, La aventura, El cómico, Era de noche en Roma, El bello Antonio, Lazarillo de Tormes, El paso del Rhin, El apartamento, Rocco y sus hermanos, Los juegos del amor, entre otras.
Que la reseña, más que un evento de orden cinematrográfico fuera un evento turístico organizado por un grupo político económico muy cerrado lo demuestra el hecho que fungiera como su delegado en Acapulco el señor Miguel Guajardo Jr., que a su vez era Presidente de la Asociación de Hoteleros de Acapulco y cuyo padre era amigo íntimo del expresidente Miguel Alemán. Ese organismo apoyó la organización del evento y fue el conducto por medio del cual se vendieron los boletos a los turistas. La Cámara de comercio de Acapulco se encargó de expenderlos al público.
Es verdad, durante la reseña, Acapulco vivía una fiesta. Desde los barrios enclavados en los cerros cercanos podían verse las películas en la enorme pantalla del Fuerte, así como el haz de luces de los potentes reflectores. En la Plaza Álvarez se proyectaban películas mexicanas para el público en general, recuerdo dos: Las señoritas Vivanco y Bugambilia, esas eran las dos únicas maneras de que el pueblo accediera a ese festival que se organizaba en su ciudad y en nombre de su ciudad por gente que no era de su ciudad.
Una buena parte de ese carnaval era reseñado también en las páginas principales de los periódicos con fotografías de actrices europeas y norteamericanas en bikini asoleándose en nuestras playas, recuerdo haber visto imágenes de Anita Eckberg, Anouk Aimeé, Jeanne Moreau, Melina Mercouri, Zinaida Kirienko, Anna Magnani, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrigina, Claudia Cardinali y muchas más.
Las delegaciones de directores, actores, técnicos y asistentes de la reseña hacían publicidad para el puerto en sus ciudades de origen, empero la actividad netamente generadora del cine no detonó en Acapulco porque a nadie, en el organigrama de producción de este festival, le interesó hacer de nuestra ciudad un punto de generación cinematográfica: sólo necesitaban de Acapulco como el telón de fondo para atraer más inversionistas y compradores de los mejores puntos de nuestra geografía.
Cuando la jauja acabó e inició nuestra debacle económica con el cierre del ciclo del “milagro mexicano”, con la edición número 12, en 1969, se despidió el “festival de festivales”.
Todo aquel que pudo enriquecerse lo hizo, el que no, quedó igual.
Como nuestra ciudad, que continuó creciendo y atrayendo otros festivales que detonaban el negocio de bienes raíces pero nada más: no crecieron ni nuestras instituciones educativas ni nuestro comercio ni otras ramas importantes de la economía.
Pensar hoy en la Reseña cinematográfica de Acapulco con nostalgia es un ejercicio de malos recuerdos, porque en aquel entonces y ahora, nadie ha reparado en todo lo que pudo haberse hecho si Acapulco en lugar de ser solamente un set fuera un participante directo seguramente en estos momentos no lamentaríamos la incontenible caída de los índices turísticos porque posiblemente hubiéramos erigido a tiempo otras formas de captación de divisas, igual que esas ciudades que venían a exhibir el cine que se hacía en ellas