La Nao: la afrenta
Gustavo Martínez Castellanos
La fiesta de la Nao fue una invención priísta que trató de arraigar como una forma de festejar un acontecimiento que –extrañamente- historiadores y cronistas señalan como el más señero en los anales de Acapulco. Digo extrañamente porque no era un evento acapulqueño, ni siquiera novohispano, sino netamente español. La feria que los priístas crearon sólo se realizó dos años y luego pasó a ser parte del anecdotario local. Sin embargo, casi veinte años después renace con el enfoque de “feria cultural”. Y con esto señala su más grande error porque quienes la recrearon no se documentaron y pasaron por alto que esa fiesta celebra una de las maquinarias más represivas que ha padecido México en toda su historia. O tal vez sí se informaron –que es de mucho dudarse- pero en obediencia a los caprichos o ansias de lavar su imagen Félix aún así volvió a echarla a andar.
Si alguno de los sesudos “asesores” de Félix Salgado Macedonio se informó adecuadamente pudo saber que el sistema transoceánico llamado Nao o Galeón de Filipinas era un negocio de comerciantes sevillanos, sancionado por la corona de España que recibía de alcabala el cinco por ciento sólo por la mercadería registrada, por el contrabando que a veces triplicaba los registros, no pagaba un céntimo a nadie, era un turbio negocio de españoles. Todo el sistema funcionaba gracias a las ordenanzas reales que impedían a los novohispanos a participar en el comercio de manera equitativa con los peninsulares. No había inversionistas locales, sólo españoles. Esas mismas ordenanzas establecían que en América no se realizaran ni industria ni empresa –el liberalismo estaba prohibido no sólo en las colonias sino en todo el reino-. Y además, que las ferias que se realizaban estuvieran debidamente reglamentadas por las autoridades para evitar que en ellas se vendiera más que productos suntuarios o de estricto consumo local: estaba prohibido vender o comprar tecnología.
Nada de esto parece llamar la atención tanto a historiadores como a cronistas de la Nao, que sólo reparan en el folclore y en el aspecto típico de las fiestas pero no en aspectos fundamentales como la soberanía, la ciencia y la tecnología.
Por supuesto, de soberanía ni podía hablarse en la Colonia; salvo algunos excepcionales atisbos de rebeldía que fueron apagados inmediatamente –la conjura de Martín Cortés, la rebeldía de Yanga, los escritos de Fray Servando- no hubo verdaderas estrategias para luchar por la libertad en México hasta el “grito de Dolores” por Hidalgo. Podemos decir lo mismo sobre la búsqueda de vías de desarrollo regional. Seguramente las hubo -es inconcebible pensar que en Nueva España no hubiera personas con espíritu emprendedor y científico-; empero, ¿qué encontraba ese tipo de hombre?, la respuesta es sencilla: todo tipo de restricciones. Para empezar, tanto la ganadería como la agricultura estaban limitadas a ciertas especies. Los indígenas, mestizos y mulatos no podían criar ganado equino, vacuno o lanar –el caso del tío de Benito Juárez fue excepcional, él pertenecía al nobleza local; además, sus rebaño era minúsculo- y estaba prohibido sembrar algodón. De esa manera, los indígenas, mestizos y criollos no podían ni desarrollar el transporte, ni la peletería, ni la producción de telas: nada a gran escala. Por supuesto, tampoco podían explorar ni explotar minas de ningún tipo, ni podían elaborar herramientas de metal ni armas de fuego. Peor aún: no podían producir ni siquiera clavos u otro tipo de aditamento metálico tales como bisagras o cerrojos. Estas prohibiciones, por supuesto, no sólo detuvieron cualquier intento de generar factorías y empresa, sino que las inhibieron por completo: estaban penadas con castigos corporales y la muerte. La corona española cuidaba muy bien que sus colonias no sólo no progresaran sino que además se mantuvieran siempre más atrasadas que ella. Y es bien sabido que, científica y tecnológicamente, España era el país más atrasado de Europa.
Sin embargo, aquella España tenía todo un continente que llenaba incansablemente sus arcas de oro y plata y con esos metales podía comprar lo que fuera. Así, no sólo llegaban clavos y prótesis de metal desde Asia sino también herramientas, instrumentos musicales, productos suntuarios y armas –que estaba prohibido producir en América-. Estas compras con metales extraídos de América se realizaban en Filipinas que era, desde antes de la llegada de los españoles a oriente, una zona comercial franca. Allá, los hispanos no podían restringir ni la producción ni el comercio; sin embargo, en América, restringían hasta la realización de las ferias de tierra adentro para evitar la formación de mercados. Allá, los españoles no sólo permitían la construcción de naves sino que las encargaban; aquí, ni siquiera permitieron la erección de astilleros. España benefició en todo a Asia y prohibió todo a México sentando el precedente que los insurgentes encontraron al final de la lucha de independencia: infraestructura industrial y empresarial inexistente; agricultura y ganadería de muy baja calidad, tecnología minera y metalúrgica dependientes y mercados y economía en general desarticulados: todo dependía de la península. Al cierre del comercio con Oriente, Filipinas continuó siendo un mercado en Asia; al final de nuestra lucha de independencia México estaba endeudado, empobrecido y sin industriales, empresarios ni banqueros. Sólo abundaban bachilleres y licenciados en letras y teología egresados de la Universidad Pontifica e infinidad de monjes y monjas enclaustrados. Una tremenda masa empobrecida de indígenas y pícaros y una débil y mojigata clase alta temerosa de ser pasada a cuchillo por las huestes libertadoras. Un país sumergido en la miseria absoluta.
Si la feria de la Nao era la concreción de ese sistema inhumano, descapitalizador, esclavista y generador de una inconcebible dependencia ¿cómo es que a alguien se le haya podido ocurrir glorificarlo haciéndole una fiesta? Si a través de ese sistema mercantil, se sometió a todo un país al ayuno en ciencia y tecnología ¿cómo es que alguien puede celebrar eso? Si esa ruta náutica impidió a México tener astilleros, tecnología naviera, marinos mercantes y de guerra, y una flota para custodiar y explotar todos sus litorales ¿cómo es que a alguien se le pude ocurrir levantarle un monumento pagado con los impuestos de una ciudad como Acapulco que ni siquiera tiene astillero ni escuelas náuticas?
La fiesta de la Nao es un insulto a la memoria de quienes lucharon denodadamente por liberar a los mexicanos del yugo político, ideológico y mercantil que España ejerció durante tres siglos. La fiesta de la Nao es un yerro de lectura en nuestra historia. Es una afrenta. Contra ella Morelos sitió a la ciudad e invirtió dos años y medio para rendir al Fuerte de San Diego, ese castillo que significaba la opresión del pueblo mexicano en el sur y en cuyo calabozo muchos mexicanos perdieron la vida. ¿Por qué en lugar de ensalzar a la Nao no ensalzamos a Morelos por rendir ese bastión del conservadurismo de ayer y hoy? ¿Por qué no en lugar de una feria de la nao, una feria por la independencia y libertad? ¿Por qué no una “Feria Cultural Acapulco”, en lugar de una feria hispano – asiática: “Nao”?
Félix Salgado Macedonio se rodeó de “asesores” que jamás se tomaron la molestia de intentar amainar su incalculable ignorancia advirtiéndole que una feria con ese nombre y esos motivos era un contrasentido, -sobre todo para alguien que se dice de izquierda- y, en lugar de escuchar a otros ciudadanos, dio prisa a sus verdaderos planes: intentar lavar su imagen y dar a ganar a sus “intelectuales” dinero y fama. Lo entendemos de Salgado Macedonio pero ¿de Manuel Añorve con un doctorado de la UNAM? El año próximo se cumplen 200 años de independencia de España, será interesante ver el tamaño del cinismo con el que celebrarán una de las más feroces maquinarias de opresión de México: La Nao.