Cuando conocí a Francisco Céspedes
Espantapájaros
Regresábamos de pintar un Banco. Yo había trabajado en uno, cinco años, en Lima, y ahora los pinto en Estados Unidos. El sueño americano.
El "valedor" (maestro, jefe, con experiencia), o sea, José; o sea, Carlos (su apellido nunca lo supe), (aunque aún guardo su número de teléfono en mi cajón de recuerdos del país muerto)
Decía yo: Regresábamos de pintar un banco, sucios, con pintura hasta en las uñas de los pies, el pelo blanco, empolvados, cansados, sudados (siempre llevamos 2 ó 3 camisetas para cambiarnos y no caer en el maldito resfrío). Aquí nadie te cuida Miguelón, me decía el valedor, ("Miguelón"; o sea, yo; o sea, Alex), (y es que los nombres no importan nada más que para cobrar tus cheques y ponerlos de referencia en los celulares).
Decía: Regresábamos de pintar un banco, muertos, y mi carro estaba en el taller.
El valedor muy amablemente se ofreció a llevarme en su camioneta, donde tenía música, suponía yo, de grupos rancheros o boleros mexicanos antiguos.
Sacó de su caja ese disco como saca uno el anillo para pedirle la mano a la futura esposa, lo colocó en la disquetera, y antes de que comenzara, ya estaba yo bajando la luna del vehículo para no escuchar tanto el BUM BUM...BUMBUMBUM… BUMBUM…BUMBUMBUM… de la música norteña, la cual no termino de apreciar.
Pero después de 10 segundos no sonaba nada.
Es que está sucio el disco, se disculpó el Valedor. Y mientras lo limpiaba con su camiseta llena de colores secos y polvo, sus ojos se llenaron de pasado.
Aún no encendía el carro y ya estaba viajando rápido, desesperado hacia el sur, con sus hijas y su esposa, con su mesa de comedor y sus cuadros de una tal Frida, con su casa y su tequila guardado para el regreso. Después de 5 años.
Sus ojos se llenaron de vidrio, de lagos a medio día, de olas de arena y tormentas de sal en las heridas que te deja la cabrona distancia.
Volvió a meter el CD, y yo volteando hacia el disimulo (contagiado por el silencio que escapaba del cansancio de su imagen) tragaba saliva amarga.
Apretó play; volteó y, con sus manos intentó sostener el vacío entre él y las teclas del piano del inicio de la canción, mientras que con voz de catarata, quebrada por ese aire frío del verano en el país muerto, exhalaba aquella frase que se estrellaba contra el parabrisas, como se estrellan nuestras sombras dibujadas en este sueño de mierda…
Pinche Vida Loca, dijo ahogándose con arcilla en la garganta. Pinche vida loca…
Gaceta de informacion de actividades culturales de la Ciudad y Puerto de Acapulco Acapulco Año 3 no.7 - Juliodel 2008