El otro régimen
Carlos Ricárdez*
El viento viene a lamentarse desde el alba hasta declinar la tarde. Todos los días. No da tregua. El polvo que levanta empobrece la visibilidad. Las viviendas del pueblo, de por sí escasas, parecen desvanecerse con cada uno de sus embates.
- Ruega por nosotros, los pecad...
- Cállate vieja, creo que ya los oigo ¡Ya vienen!
- Ahora y en la hora de nuestra muer...
- ¡Que te calles, con una chingada!
- Amén
- Amén
Unos jinetes llegan en silencio. El viento los ha callado. Venían gritando, disparaban salvas, pero han enmudecido al llegar aquí. Todo fuereño es privado de hacer ruido en este lugar. Calla o habla quedo. Muy quedito. Susurra. Shhh, no vaya a enojarse el viento. Los jinetes se comunican sólo a señas. Los cascos de sus caballos apenas rozan el suelo, pero en el pueblo todos saben que han llegado.
- ¿Cuánto cree que se queden, compadre?
- Quien sabe, los últimos pasaron de largo.
- Pero parece que éstos no han oído lo que de aquí se dice.
- Parece.
- ¡Ójala se vaigan antes que anochezca! ¡Ya todo está listo pal´rato!
- Ójala.
Uno de los jinetes, el que está al mando de la tropa, se apea junto a una casa. Toca con fuerza la puerta. En el interior, alguien responde:
- ¿Quén?
- Federales.
- Ah… no, no hay.
- ¿Cómo que no hay? ¿Qué no hay?
- pos lo que ustedes queren.
- ¿Y cómo sabe qué queremos?
- Oh, pos uno sabe, y aquí, no hay.
- ¡Me importa un carajo, abra o tiro la puerta!
Al alzar la voz, el federal es acallado por el viento con espantoso silbido.
- Mejor váigase patrón, aquí no hay nada.
El federal sigue gritando, da órdenes de derribar la puerta, pero el quejido del viento le arrebata las palabras, llevándolas muy lejos. El polvo, levantándose del suelo, rodea al hombre en círculo marcial y lo atraganta. Nadie lo ve ni lo oye. Enmudece al fin. La voz terrible del viento se convierte en siseo. Pero no calla. Aguarda en su trono de cerros yermos. Espera que alguien turbe el silencio para lanzársele.
Mutis en el aire.
El ejército de polvo, a las órdenes del viento, cae al suelo. Lentamente, el federal se acerca al resquicio de la puerta. Escupe el bocado de polvo. Vuelve a hablar. Quedo. Muy quedito. Susurra:
- ¿Y dónde hay?
- En el pueblo que sigue no, y en el otro tampoco.
- ¿Y en el que está más allá?
- No, no hay.
- Entonces, ¿Dónde hay?
- La mera verdá no hay en ningún lado patrón. Ni pa´rriba ni pa´bajo.
- ¿Y cree que hacia el este haya?
- No hay. Ni pa´llá ni pa´cá.
- ¿Y usted qué hace para vivir?
- Nada. Hace mucho que no hago nada.
- ¿Y las demás tropas? ¿Las que venían delante de nosotros?
- Ellos saben que aquí no hay; han pasado de largo.
- Vaya, pues no hay. ¿Y desde cuándo?
- Uh, pos dendenantes. Ya no había nada cuando pasaron los otros y los otros y…
- Ave María, Madre de Dios rue…
- ¡Cállate vieja que estoy hablando con el patrón!
- ¿Quién más está con usted?
- Nomás yo y mi vieja.
- Ahora y en la hora de nuestra muer...
- ¡Que te calles! ¡Vete pa´llá!
- ¿Y quién vive en la casa que sigue?
- Naiden. Vivía mi compadre, pero lo horcaron.
- ¿Y en la de enfrente?
- Tampoco naiden. Los ajusilaron.
- ¿Y en las casitas de más allá?
- No hay naiden.
- Entonces, ¿no hay más gente en el pueblo?
- Nomás yo y mi vieja.
- ¿Desde cuándo?
- Desde el prencipio.
- Así como nosotros perdonamos a los que nos ofe…
- ¡Que te vallas pa´llá con tu rosario!
- Entonces mejor nos vamos.
- Sí, mejor váigase patrón, aquí no hay nada.
- Y líbranos del mal. Amén.
- Amén.
- … Amén.
La tarde se consume; allá sobre los cerros, las nubes comienzan a calcinarse. Pronto se irá el viento. Los jinetes se retiran silenciosos, encorvados, con la vista hundida en la senda baldía.
Salen del pueblo. Desde lejos pueden ver dunas en donde veían casas. No ven más que tierra agrietada. No ha quedado piedra sobre piedra. Tonos sepia dominan el paisaje. Algunos de la tropa se santiguan; el que está al mando hace una seña castrense; prosiguen su camino. Ellos mismos esparcirán rumores; nadie se acerque a esa tierra seca, además de muerta está maldita.
Anochece.
Cuando el viento se retira, da la orden de seguirlo a su ejército de polvo.
La gente del pueblo sale de sus casas. Comienzan los festejos de su santo patrono. Fuegos artificiales, risas, mezcal, música, comida, colores…
- Oiga compadre, ¿cuánto se gastó en los toritos?
- Poquito compadre, poquito.
- ¿Y en las botellas?
- Asté no se fije, nomás empínesela.
- Brindemos pues.
- Brindemos.
- Ah… Oiga compadre, ¿asté cree que mañana vuelvan a pasar más tropas?
- Siempre vuelven más compadre, siempre. Pero, mientras las viejas sigan rezando y el viento las escuche, pasarán de largo.
- ¿Y si no?
- Pos… afigúrese nomás.
* Miembro de Culturacapulco desde 2007. Autor del libro de cuentos Ladrar encadenado (Edit. Culturacapulco. La colección: los nuestros). Beneficiario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOECA) 2009, con el proyecto: "Cartas de ultramar", relación epistola de los marinos del viaje de Tornavuelta. Con “El otro régimen” se hizo acreedor al segundo lugar estatal del certamen nacional de cuento José Agustín 2010