Gaceta de información de actividades culturales de la ciudad y puerto de Acapulco
Director: Gustavo Martínez Castellanos
Año 4  no. 08 de Noviembre del 2009

Editorial

El mes de octubre fue un parteaguas en México; nuevamente la clase política nacional nos endilgó, a través de “nuestros” “representantes” en esta legislatura, el pesado fardo del sostenimiento del país y de su operatividad; así como de las pésimas políticas implementadas por las cúpulas en el poder y el gobierno.
La “roqueseñal”; el arreglo en conciliábulos, la “política de lavadero” y otros yerros que ingenuamente el pueblo creyó que iban a desaparecer al arribo de la alternancia dieron cuenta de que México sigue siendo un país en el que cualquier mafia –inclusive las más torpes y anodinas- pueden hacer y deshacer. Y que el mexicano es un pueblo que mientras tenga telenovelas y futbol paga lo que sea. En esto, las clases medias tienen una enorme pregunta qué responder ante la historia: ¿hasta cuándo serán no sólo el motor de la economía y el consumismo sino un motor de cambio intelectual, cultural, político y económico para bien en México? Los políticos llegarán hasta donde esas clases quieran.
En Guerrero, el panorama no es distinto. Ante la indisoluble dependencia a la que nuestra clase política local nos ha sometido ante los vaivenes de la vida nacional es difícil que la movilidad de la sociedad sea para bien; por lo contrario, los líderes guerrerenses han hecho uso de esa movilidad para sus fines personales. Véase como ejemplo el caso del asesinato del diputado Armando Chavarría. Ante las iteradas manifestaciones de inconformidad por el sesgo que la Procuraduría local ha dado al caso, el gobierno enrareció aún más el ambiente judicial: no hay procurador en Guerrero, el encargado de despacho lanza una acusación y más tarde se desdice de ella, una filtración a un periódico nacional da cuenta de la vida privada del occiso en la cual salen a relucir los nombres de 60 mujeres con las que tuvo relaciones sentimentales y a las que –según la filtración- entregaba hasta 15 mil pesos mensuales, casas y autos. La reacción de los deudos, de los líderes y de los correligionarios fue mayúscula pero al paso de los días fue decayendo hasta desaparecer. Se dice que la PGR ya abandonó el caso por considerarlo un “problema local”.
En realidad, pleito de cúpulas en el que hay de todo menos atisbos de justicia clara y sin adjetivos. Pleito en el que, el actual silencio de las partes permite tantas lecturas cuya sola insinuación causa estupor; así de profundo es el hoyo de corrupción en el que tanto políticos de todos los bandos como los medios de comunicación involucrados manejan la movilidad social.
Silencio que nos obliga a dos análisis. El primero obedece a una analogía: Cuando Aída Espino denunció penalmente a Félix Salgado Macedonio por diversos delitos, ni la Procuraduría, ni el Congreso, ni la Auditoría General del Estado, investigaron, y los medios de comunicación guardaron un pastoso silencio cómplice que sólo fue roto de vez en vez para linchar a Fabiola Vega en un claro indicio de exonerar mediáticamente Félix.
Sin embargo, con el asesinato de Chavarría, esos medios cómplices del sistema que encubrió a Salgado Macedonio y esos líderes que jamás clamaron por justicia ni ante las denuncias de Aída ni ante otros asesinatos de ciudadanos guerrerenses, vociferaron inmediatamente por justicia. La lectura es clara: el PRD sólo ve por sus intereses y los de sus allegados, no por los de todos los ciudadanos.
El segundo análisis deriva del primero: ese silencio de esos líderes y esos medios y ese reclamo posterior los ha encajonado: no pueden pedir justicia si antes solaparon una injusticia. Zeferino no sólo lo sabe sino que usa ese paradigma para hacerse más fuerte ante cada arremetida de esos líderes mientras ellos pierden terreno económica, política, social y moralmente.
Pero no sólo eso, muchos sectores de la población en Guerrero empiezan a ver con simpatía el liderazgo que Zeferino empieza construir y en el cual, para gobernar, no sólo ha demostrado que no necesita de esos grupos de poder de doble moral sino que puede mantenerlos a raya y bajo control sin tortura, ni difamación en una forma de hacer política que nunca antes se había visto en Guerrero, donde antaño –como lo dijo hace unos meses el ex gobernador Figueroa Alcocer- era necesario el crimen político. Ahora sólo falta que Zeferino eche a andar las estrategias necesarias para que Guerrero arribe a estadios de justicia y bienestar social y económico. Nada más.
Al respecto, en Acapulco Octubre hizo encallar una nave fantasma, producto de los enfebrecidos sueños de grandeza de otro perredista: Félix Salgado Macedonio, quien para lavar su imagen y la de su partido generó ese grotesco proyecto cargado de efecticismo y luces de artificio llamado “fiesta de la Nao”. Esa celebración en estos tiempos de crisis, es un desatino. Muchos pugnamos porque el gobierno de Manuel Añorve le diera carpetazo y destinara el dinero de nuestros impuestos a generar las condiciones para el arribo de una auténtica clase intelectual, lejana y distinta de esa mafia mañosa y torpe que recibe órdenes precisas de los tabloides El Sur y La Jornada y cuyos miembros pugnan a cada paso por cargos públicos y prebendas políticas, como está demostrado ampliamente. Sin embargo, ni con las denuncias que llevamos y entregamos en sus manos a Erika Lührs y a Hugo Vazquez logramos sensibilizar al gobierno de Manuel Añorve quien no quiso voltear siquiera a ver verdaderas opciones de generación de estructuras de análisis, praxis y difusión cultural. En su lugar ordenó a Themis Mendoza que nos expulsara de las instalaciones de la Biblioteca Pública Alfonso G. Alarcón, a cuyo uso cualquier ciudadano tiene derecho, menos nosotros.
Sin embargo, algo se ha logrado: la reducción del oneroso presupuesto de la fiesta de la Nao de ocho millones a uno y medio; y del tiempo: de quince días a ocho. Todo eso tal vez apunte a que Añorve desea desaparecer paulatinamente la fiesta de la Nao, pero para ello  tendrá que lidiar con sus “artífices” y “comandantes”, los directores de los tabloides El Sur y La Jornada que al igual que Fabiola Vega y Citlali Guerrero, consideran que esa fiesta y su presupuesto es un coto privado suyo.
Félix creó la fiesta de la Nao para justificar sus latrocinios en materia de cultura –desapareció más de 20 millones de pesos en tres años- y para limpiar su imagen. Y Añorve no puede negar que sabe eso. Mientras en Acapulco colonias enteras están a merced de la delincuencia, mientras la ciudad carece de agua potable, mientras la corrupción galopa en todas las dependencias, resulta inconcebible que el alcalde salga a promocionar esa fiesta “internacional” a las ciudades de las costas guerrerenses; y a Iguala, entre otras urbes, para atraer turismo. Ojalá razone y haga lo correcto.
En este número un excelente ensayo de Carlos Alberto Ricárdez que demuestra cómo el arribo del galeón de Manila no atraía más beneficios al puerto que la venta de remolachas. Otros tres ensayos de excelente factura: el de Isabel Reyes sobre la forma en cómo los “modernizadores” de Acapulco dieron al traste con la fisonomía del puerto cancelando playas e inventado otras (¡!). El de Astrid Paola que ve en el problema de la migración indígena a Acapulco un remanente de trasculturización que los gobiernos locales han desdeñado. El de Liz Berea que habla sobre la importancia y trascendencia de la Leyenda en la vida social.
Cuentos de Juan Galvez y Raúl Ocádiz. Una breve crónica de la entrega de los premios Maria Luisa Ocampo y lene análisis sobre la verdadera trascendencia histórica y económica de la Nao.