APUESTA ENTRE AMIGAS
ANTARES
Elizabeth Berea Contreras*
El viento soplaba. Los rayos del sol secaban la ropa. Largos tendederos ubicados entre los árboles soportaban decenas de siluetas, que se mecían graciosamente como siguiendo un mismo ritmo. Parecía que bailaban mientras el aire se volvía una brisa perfumada.
Las lavanderas utilizaban el jabón de la fábrica La Especial y el chicayotillo para blanquear la ropa.
Sudaban tallando cada prenda. Entre enjuague y enjuague emitían repetidos suspiros; de añoranzas, de viejos amores, de aventuras no vividas, de besos no dados. Con ayuda de una lata amarrada a un mecate extraían el agua del manantial “El Suspiro”. Decían que el ambiente se impregnaba de aromas, que olía a jabón de coco, que olía bonito, que olía a limpio.
En los alrededores, las iguanas se asoleaban sobre las piedras, inmóviles ante la presencia de las lavanderas.
Las jóvenes por su parte, sostenían una acalorada charla mientras lavaban. Estela, a quien llamaban de cariño Tita, era hermosa, de tez muy blanca y ojos color miel, por lo que sus padres la cuidaban mucho. Siempre cantaba. Soñaba con el amor.
María José era morena, de sensual cuerpo, muy inquieta; siempre deseosa de aventuras. Le gustaba coquetear e ir a los bailes; su personalidad era muy diferente de la de Julieta, su prima, quien más bien, era recatada.
-Machaca bien las bolitas verdes para que salga todo el juguito, así te quedará bien blanco- dijo Doña Meche a Tita.
El día se les hacía corto para conversar, no paraban de reír. Las mayores, a menudo llamaban la atención a las chiquillas, pues decían que dedicaban más tiempo a platicar de tonterías que a lavar, y tenían que dejar toda la ropa limpia y seca para entregarla. Nada podía quedarse en los tendederos, pues a veces desaparecía.
-Dense prisa, destiendan la ropa, recojan el jabón, ya está oscureciendo, se nos ha hecho tarde; tenemos que regresar.
Doña Lola gritaba para que todas escucharan, comenzaba a ponerse el sol y era hora de irse.
-Pero, todavía hay algo de luz y no hemos terminado- dijo María José
-Es cierto, prima, pero créeme, no querrás estar aquí cuando anochezca; a menos que quieras que se te aparezca el... - dijo Julieta sin terminar, mientras se llevaba las manos a la cara y hacía muecas de horror.
-¿Qué se me aparezca?, pero ¿quién? un buen mozo que me pida matrimonio.- suspiró la muchacha.
-Es verdad, te juro que dicen que lo han visto varias veces.
-¡Bah! Estás exagerando o ¿quieres asustarme?
-No prima; ignoras lo que sucede aquí porque hace tiempo que te fuiste a vivir a Ometepec y regresas de vez en vez, pero mejor te platico la leyenda mientras bajamos la vereda. Toma la ropa que hemos de entregar, separa la de los españoles, son tres docenas.
El grupo de mujeres terminó de recoger las cosas y descendió esquivando las piedras y la maleza. La carga que llevaban era pesada, habían lavado varias sábanas y cortinas; esto hacía que caminaran con mayor lentitud.
Durante el trayecto, Julieta narró la historia.
“Dicen que en las noches, en este camino, se escuchan ruidos extraños. Que el viento mueve las ramas de los árboles y estas pareciera que emiten siniestros quejidos. Un humo denso se forma desde el suelo, alrededor de la gran piedra, y va subiendo, se eleva alto y envuelve el ambiente de un olor picante, de un tufo a azufre que casi te impide respirar. Después, se aparece de frente un ente malvado, el mismísimo demonio con formas distintas. Las que lo han llegado a ver, dicen que es un animal increíble: Es un enorme burro negro sin cola, de ojos centellantes color de fuego que puede matarte de un susto.”
Julieta fue interrumpida, cuando las dos primas, que iban al frente del grupo, se perdieron por las calles del pueblo. Finalmente, pudieron entregar las ropa en tres diferentes casas. Por cada docena recibieron un pago de setenta y cinco centavos.
Con una parte de ese dinero, compraron el pan. Después se dirigieron a la casa de Julieta.
María José pasaba una temporada con sus tíos, Doña Lola y Don Servando. Tenía que ayudar en las labores del hogar y en el trabajo como lavandera.
Su tía, preparó la merienda, mientras ellas, ponían la mesa y platicaban.
-Me parece increíble lo que dices de ese burro sin cola que se aparece y que es el diablo, por favor prima, ¿por qué piensas que a Satanás le interesa venir aquí?, ¿no crees que está muy ocupado haciendo maldades en todo el mundo? - dijo María José de forma sarcástica.
-Eres incorregible- susurró Julieta.
De pronto, escucharon las voces de doña Meche y de Estelita , quienes llegaron a avisarles que se iba a cambiar el horario de los rezos del novenario de don Chema.
-Pásele, comadre: tómense una taza de café- dijo Lola.
La mujer conversaba con la madre de Julieta, mientras las chiquillas cuchicheaban.
-Yo digo que hay que ir a ver si se nos aparece, total, qué nos puede hacer un burro sin cola- dijo María José.
-Sabrá Dios, pero podría estar en celo y ser peligroso; ¿con semejante “herramienta”?, imagínate- dijo Estelita riéndose maliciosamente.
-¡Shh! No digas eso, Dios te puede castigar. Si te oyera tu mamá te haría que te lavaras la boca con jabón varias veces - susurró Julieta.
Las muchachas salieron de la casa para poder charlar a gusto y no ser escuchadas.
-Les apuesto la paga de mañana a que voy, me quedo ahí a deshoras de la noche y espero hasta verlo,- dijo María José.
-Estás loca, cómo se te ocurre tal cosa- dijo Julieta asombrada.
-Pero, ¿cómo vamos a estar seguras de que te quedas ahí?, nos puedes engañar, ¿cierto?- dijo Tita.
-Mira, si no me crees acompáñame. ¿Piensas que soy una mentirosa? Yo si tengo palabra, en cambio tú eres una cría de pecho y obedeces todo lo que tu madre ordena. Acuérdate cuando no te dejó ir al baile; me dijiste que te ibas a escapar para vernos ahí y preferiste llorar a solas en tu casa que ir a escondidas. ¡Eres una gallina!
-¡No digas eso María José!
-Pues entonces, vamos.
-¿Cuándo?
-Ahora, antes de que te acobardes.
Julieta trató de calmar a las dos amigas y persuadirlas de no regresar, pero la decisión estaba tomada y ninguna de ellas iba a desistir.
-Julieta, sí preguntan por nosotras, di que estamos en la letrina. Cuidado y se te sale decir algo. Promételo.
-Lo prometo.
-No es suficiente.
-Lo juro por Dios; de esa forma no podré romper el juramento. ¿Estás conforme?
Las muchachas se marcharon. Siguieron el camino por la huerta “Los Naranjos”, el lugar estaba despoblado. Continuaron caminando y atravesaron el sendero que las condujo al manantial de El Suspiro; ahí se detuvieron.
Se ocultaron tras unos árboles de ciruelo y esperaron. Estela se mordía nerviosamente una trenza. María José, en cambio, lucía ansiosa. Vieron correr a un armadillo y observaron que dos aves rapaces surcaban el aire.
-Mira, a lo mejor ese burro ya mató a alguien, por eso están dando vueltas esos zopilotes, sólo esperan que nos alejemos para comérselo. Mejor vámonos, tú ganas, ¿si?
-No seas ridícula, ya estamos aquí- dijo María José al tiempo que fijaba la vista en dos puntos brillantes que vieron a lo lejos.
-Ahí está, vayamos a ver.
Se acercaron a la figura y se dieron cuenta que era un enorme gato sobre un tronco que traía en el hocico a su presa: una tortolita.
Las muchachas caminaron hacia un árbol de guanábanas, se hincaron y siguieron esperando.
El viento al soplar producía un silbido que a Estelita le parecía atemorizante. La luna llena iluminaba el monte que descubría sombras diversas por el movimiento de los árboles. Escucharon sonidos extraños entre la maleza y las piedras. Era la hora en que los animales nocturnos hacían su cacería. Las culebras se arrastraban para buscar su presa y los bichos ponzoñosos atrapaban a los insectos. Solamente el canto de los grillos era inocuo.
Oyeron a lo lejos el ruido producido por el choque de los cascos de un caballo contra la tierra. Parecía que se aproximaba una bestia con un lento galopar.
María José se acercó lentamente a Estelita, quien temblaba, y le susurró al oído; parecía disfrutar el temor de su compañera.
-Dice Julieta, que también se ha aparecido un hombre vestido de charro negro con herrajes de plata. Trae un puro en la boca, un sombrero le cubre el rostro; algunas veces anda a pie y otras a caballo. Al parecer es “el amigo”, ¿cómo ves?
La chiquilla asustada se levantó de un salto y corrió. María José intentó detenerla, pues ya se había extralimitado con la broma, pero fue imposible. Únicamente alcanzó a ver a lo lejos, la figura de un jinete que montaba a un corcel. Llevaba sombrero. Pasó a toda prisa y casi arrolla a María José que persiguió a Estela, quien huía atropelladamente ladera abajo. María José escuchó gritar a su amiga como jamás había escuchado gritar a alguien antes.
El desconocido, sin bajar del caballo y a todo galope, tomó de la cintura a Tita, la subió al caballo y huyó con ella. Aquel conjunto se perdió en el silencio de la noche.
María José cayó de rodillas, con las manos, se cubrió el rostro, sollozó y se recriminó por lo sucedido. Todo era por su culpa. Se sintió desesperada, comenzó a hundir sus uñas en su rostro y se rasguñó profundamente hasta abrirse la piel, sin sentir siquiera dolor. Hilillos de sangre comenzaron a escurrir. Sabía que todo había pasado por su estúpida curiosidad, por su imprudencia y por haber incitado a Estela a que la acompañara. Pensaba en lo qué le tendría que decir a doña Meche. Temía por la vida de Tita.
Ese temor le dio fuerzas para levantarse y bajar corriendo la vereda tras el caballo y su jinete. Siguió las huellas que habían quedado marcadas en la tierra, pero una vez que diera con ellos, no sabría lo que podría suceder.
Las pisadas se perdían cerca de un arroyuelo, no obstante, siguió caminando con un rumbo fijo. Se subió a un árbol de nanche para ver si alcanzaba a ver algo, más no encontró sino el crepúsculo y la llanura; el campo oscuro, dormido en medio de la noche.
Corrió lo más rápido que pudo hacia su casa, quería llegar y contar lo que había ocurrido, así, los hombres ensillarían sus caballos e irían a buscar a Estela. Quizá no era demasiado tarde, había posibilidad de encontrarla, de protegerla antes de que sucediera algo peor; de alejarla de esa bestia que la había secuestrado.
Al llegar al camino cercano a su casa, comenzó a gritar. Los vecinos salieron de sus viviendas a ver lo que sucedía.
-Se la robó- decía entre jadeos- el jinete se la robó. Huyó a caballo llevándosela. Vayan a buscar a Estela
La madre de Tita rompió en llanto. Julieta, al ver el rostro herido de María José, se santiguó y comenzó a decir, lo que había jurado callar.
-Se fueron al manantial para ver si encontraban al burro sin cola o al hombre de negro. De seguro, él se llevó a Estela. Miren cómo le dejó la cara a María José, es el diablo, es él quien se la robó.
Algunas mujeres observaron las marcas en el rostro de la muchacha y apoyaron lo que decía Julieta.
-Es Satanás, no tiene caso ir a buscarla. Nadie puede meterse con él. Prendamos algunas veladoras y recemos el rosario por la salvación de su alma.
-Sí, es un demonio, pero el hombre que se la robó, ¿no se dan cuenta? Quién sabe a dónde la llevará, deben ir a buscarla- decía María José entre sollozos.
-Estás perturbada, hija, le dijo su tía. Lo que sucedió es horrible, es normal que no lo creas. Te daré un té para que te calmes y te lavaré las heridas que te hizo la bestia. Vamos adentro.
-No la consienta comadre, por su culpa, mi niña desapareció- dijo el padre de Estela. -Ya decía que esta muchacha era mala influencia, por eso se la llevaron sus padres a Ometepec.
-Pero, ¿por qué tuvieron que regresar ahí?, sabían que era peligroso- dijo doña Meche.
-Perdóneme señora, nunca imaginé que esto sucedería.
-Esto es algo que nunca te perdonaré, María José.
Los vecinos comenzaron a meterse a sus casas. No iniciaron ninguna búsqueda, ni hicieron nada.
-Mañana, traeré a las rezanderas para orar por Tita.- dijo al final doña Meche, quien estaba inconsolable.
Después de una hora, una aparente calma se estableció. María José daba vueltas en el catre de lona, no podía conciliar el sueño. Le parecía increíble que no le creyeran, que no quisieran ir a buscar a Estela. Las heridas de la cara le ardían con el sudor y con las lágrimas que escurrían por su rostro. Comenzó a morderse las uñas hasta que se hizo daño en los dedos, después, su desesperación fue tanta, que arrancó algunos mechones de su cabello. Alcanzaba a ver la luz de los faroles del callejón. Se cubría los ojos como queriendo apartar de su mente las imágenes de lo ocurrido. Estaba llena de remordimiento, se sentía desdichada. Pensó que quizá lo mejor sería terminar con su vida. Las palabras de doña Meche resonaban en sus oídos y hacían un eco que, junto con el galopar que había escuchado del caballo y el grito de Tita, martillaban sus tímpanos. Estaba muy afligida. Así pasó una hora o quizá dos, pero a María José le parecieron una eternidad. El silencio aplastó todo a su alrededor y solo fue interrumpido por algunos ladridos lejanos.
- Si nadie quiere ir buscarla, lo haré yo misma, se dijo.
Repentinamente sintió un impulso irrefrenable que la levantó y sin hacer ruido abandonó la vivienda.
Caminó hasta el manantial tratando de esquivar la crecida maleza y las piedras; deambuló por ahí sin rumbo fijo. Los pies le sangraban y su corazón latía cada vez de forma más violenta. Su respiración era entrecortada, su cuerpo estaba tembloroso, se pasaba la mano por la frente una y otra vez para limpiarse el sudor.
El viento soplaba agitando las vegetación y formando pequeños remolinos que la hacían ver sombras moviéndose de un lado a otro.
-¡Estela, Estela!- gritaba desesperada. El sonido se escuchaba y se perdía en el silencio del cerro, hasta que finalmente, se dejó de oír.
A la mañana siguiente, los vecinos tuvieron una reunión, oraron por el alma de Estela, organizaron el novenario y decidieron poner una cruz arriba de la piedra redonda del manantial de El Suspiro, como símbolo de su fe, a ver si espantaba el ente maligno que rondaba por ahí y que se había llevado a las dos muchachas.
Nunca encontraron el cuerpo de María José, quizá porque se lo comieron los zopilotes o porque no lo buscaron. En cambio, Estela, se había enfilado, junto con su novio, hacia un rumbo desconocido, donde pudo disfrutar del amor que sus padres siempre le prohibieron.
*Empresaria, miembro del grupo literario cultural Culturacapulco desde 2008. Autora del libro Lo que hay detrás (edit. Culturacapulco, la colección los nuestros). Beneficiaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOECA) 2009 con el proyecto “Te cuento leyendas en cuento”. Con “Apuesta entre amigas” se hizo acreedora a una Mención Honorífica en el Certamen “Cuentos Campiranos 2010”.