AIDA

Juan

Lo miras de reojo, Esperas a alguien, te pregunta; No, respondes; no lo miras, no es necesario, finges sonreír, abundas: Quinientos pesos, aparte el cuarto, yo pongo los condones, estoy sana ¿quieres ver mi carnet? Asiente, se lo enseñas. Te sube a su coche. En el trayecto te toca las piernas, dice cosas estúpidas, Para qué contestar, piensas, sonríes, Qué le importa. La cuesta a Rancho Acapulco se te hace lenta, demasiado larga. Al fin llegan, entra a El Paraíso, paga y sube detrás de ti, piensas en tus hijos, en tu madre; te penetra, estruja tus senos y tus nalgas. Acaba pronto y se queda dormido. Piensas en tus hijos necesitan útiles escolares, en tu madre necesita sus medicinas. Observas su cartera, también debes pagar la renta y la luz; el agua no, esa te la robas desde hace dos años, cada tres meses le das cincuenta pesos al supervisor para que no te la corte.
Tomas mil pesos; Sólo mil y por esta vez, dices. Te apresuras a vestirte, dentro de poco se acabará la hora que él pagó y avisarán de recepción. Tiemblas, nunca antes habías robado pero como dice tu hermana, siempre hay una primera vez. Te vistes frente al espejo del baño, tu cuerpo no ha cambiado mucho, es el típico de cualquier mujer trabajadora. Dentro de dos meses cumplirás treinta años y de esto ya tiene diez. Tu figura sigue esbelta aunque no eres tan delgada ni tan exhuberante como las otras muchachas, ríes porque así todas disminuyen su situación de putas. Su condición de mujeres alquiladas. Te apresuras, no te pones los zapatos para no despertarlo con tus pasos, bajas las gradas y sales, una vez fuera te pones el calzado y corres. El guardia sonríe; te arroja como una moneda sucia un piropo obsceno, ni siquiera volteas a verlo, detienes un taxi y lo abordas, le das indicaciones. Empiezas a llorar, sabes que no hay vuelta atrás. Llegas al asta bandera y caminas en círculos, te molesta tanto estar parada. De repente llegan varias patrullas, alguien reportó un robo, cometido por una de las de esta sección. Los policías jalan con todas, No importa quien haya sido, cada una debe pagar ochocientos pesos o pasará la noche en la cárcel. Cubres tu cuota, refunfuñas. Sin ronroneos, mi reina; dice el genízaro con la mano extendida. Como a ti no te suda el culo, dice una.
Caminas rumbo a la Diana, piensas Qué hubiera pasado si no tomo el dinero. Esperas a que caiga algún cliente. De todos modos no debí haberlo hecho, por menos de eso han matado a muchas. Te estremeces, no es la brisa fría que a estas horas suelta el mar y entra por la plaza Quebec, es miedo. Hoy pagamos todas; mañana, quién sabe.
Estás muy cansada. Ya es muy tarde y nada.  Decides regresar a casa.  Tomas un taxi. Cuando doblan hacia Cuauhtémoc ven a varios policías semiuniformados bebiendo en el estanquillo de la esquina con Universidad, protegidos por la penumbra del pésimo alumbrado público. Hace rato llevé a tres al centro –comenta el chofer- iban bien tomados; uno no dejaba de repetir que habían engañado a unas pirujas con un reporte de robo para quitarles mil pesos a cada una.
Piensas en tu madre y en tu hijo sin medicinas y sin útiles escolares y maldices: Debí haberme arriesgado a pasar la noche en la cárcel; total, esa plata ya me la había ganado.

Gaceta de información de actividades culturales de la ciudad y puerto de Acapulco
Director: Gustavo Martínez Castellanos
Año 6 ,  7 de Enero de 2011